Estos días estamos viendo imágenes que vuelven a repetirse cada verano.
Montes ardiendo.
Pueblos pendientes de una evolución incierta.
Personas desalojadas.
Equipos de emergencia jugándose la vida para proteger la de los demás.
Mientras escribo estas líneas, sigo con preocupación la evolución del incendio de Peñarroya de Tastavins. Es un lugar que me toca especialmente de cerca y que me recuerda por qué llevo tanto tiempo interesándome por el futuro de nuestros territorios rurales.
Y, como cada vez que ocurre una tragedia así, vuelvo a hacerme la misma pregunta:
¿Por qué seguimos hablando casi exclusivamente de apagar incendios y tan poco de prevenirlos?
La mayoría de los incendios no empiezan por un rayo
Existe una idea bastante extendida de que los incendios forestales son consecuencia inevitable del calor extremo o de las tormentas secas.
Sin embargo, la investigación muestra una realidad diferente.
En España, la mayor parte de las igniciones tienen un origen humano. Las negligencias, el uso inadecuado del fuego o las acciones intencionadas representan una proporción muy superior a los incendios provocados por rayos.
Esto no significa restar importancia al cambio climático.
Todo lo contrario.
El cambio climático no suele iniciar el fuego, pero sí crea las condiciones para que un incendio sea más rápido, más intenso y mucho más difícil de controlar.
El abandono rural también alimenta el fuego
Hay otro factor del que hablamos mucho menos.
El abandono del territorio.
Durante décadas, la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal mantenían el paisaje en un equilibrio dinámico.
Los cultivos interrumpían la continuidad del combustible.
El pastoreo reducía el crecimiento del matorral.
La gestión forestal eliminaba parte de la biomasa acumulada.
Cuando estas actividades desaparecen, el territorio cambia.
La vegetación se acumula.
El paisaje se vuelve más homogéneo.
Y el fuego encuentra un escenario perfecto para propagarse.
Por eso los incendios no pueden entenderse únicamente como un problema forestal.
También son un problema demográfico, económico y social.
Prevenir no consiste únicamente en tener más medios
Cada verano admiramos, con razón, el trabajo de quienes luchan contra el fuego.
Pero la evidencia científica lleva años insistiendo en una idea clara:
invertir solo en extinción nunca será suficiente.
La prevención requiere una mirada mucho más amplia.
Implica recuperar actividades que mantienen vivo el territorio.
Diseñar paisajes en mosaico donde diferentes usos del suelo dificulten la propagación del fuego.
Gestionar el combustible forestal.
Mejorar los sistemas de vigilancia y detección temprana.
Educar para reducir negligencias.
Y priorizar las zonas donde el riesgo es mayor antes de que llegue el verano.
Es menos visible que apagar un incendio.
Pero probablemente sea mucho más eficaz.
Los incendios también hablan de cómo ocupamos el territorio
Quizá por eso este tema me interesa tanto.
Porque detrás de cada incendio aparecen muchas de las cuestiones que llevo meses investigando.
La despoblación.
La pérdida de actividad económica en el medio rural.
La gobernanza del territorio.
La transición justa.
La necesidad de escuchar a quienes viven esos lugares todo el año.
No podemos aspirar a tener montes resilientes si los territorios que los sostienen dejan de ser habitables.
Cuidar el territorio también es prevenir
Cada vez estoy más convencida de que la prevención no empieza cuando se declara la alerta por altas temperaturas.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando decidimos que un pueblo siga teniendo oportunidades.
Cuando apoyamos a quienes mantienen actividad agrícola o ganadera.
Cuando gestionamos nuestros montes durante todo el año.
Cuando entendemos que la biodiversidad, la economía local y la cohesión social forman parte del mismo sistema.
Porque un incendio no destruye únicamente árboles.
Destruye ecosistemas.
Paisajes.
Medios de vida.
Memoria colectiva.
Y, en ocasiones, también la esperanza de quienes llevan generaciones cuidando ese territorio.
Una reflexión para terminar
Quizá el mayor error sea pensar que los incendios son únicamente una emergencia ambiental.
En realidad, son el síntoma de muchos desequilibrios acumulados.
Y como ocurre con casi todos los grandes retos de la sostenibilidad, la solución no pasa por una única medida.
Pasa por volver a mirar el territorio como un sistema vivo.
Un sistema que necesita gestión, personas, planificación y cuidado constante.
Porque los incendios no empiezan con una chispa.
Empiezan mucho antes.
Y, afortunadamente, la prevención también.
Con cuidado y con estrategia,
Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG
