Categoría: Propuestas ESG

Ideas aplicadas para enriquecer la dimensión social del enfoque ESG, con especial atención a lo emocional, relacional y corporal. Una visión regenerativa del impacto empresarial.

  • Los incendios no empiezan con una chispa. Empiezan mucho antes.

    Los incendios no empiezan con una chispa. Empiezan mucho antes.

    Estos días estamos viendo imágenes que vuelven a repetirse cada verano.

    Montes ardiendo.

    Pueblos pendientes de una evolución incierta.

    Personas desalojadas.

    Equipos de emergencia jugándose la vida para proteger la de los demás.

    Mientras escribo estas líneas, sigo con preocupación la evolución del incendio de Peñarroya de Tastavins. Es un lugar que me toca especialmente de cerca y que me recuerda por qué llevo tanto tiempo interesándome por el futuro de nuestros territorios rurales.

    Y, como cada vez que ocurre una tragedia así, vuelvo a hacerme la misma pregunta:

    ¿Por qué seguimos hablando casi exclusivamente de apagar incendios y tan poco de prevenirlos?

    La mayoría de los incendios no empiezan por un rayo

    Existe una idea bastante extendida de que los incendios forestales son consecuencia inevitable del calor extremo o de las tormentas secas.

    Sin embargo, la investigación muestra una realidad diferente.

    En España, la mayor parte de las igniciones tienen un origen humano. Las negligencias, el uso inadecuado del fuego o las acciones intencionadas representan una proporción muy superior a los incendios provocados por rayos.

    Esto no significa restar importancia al cambio climático.

    Todo lo contrario.

    El cambio climático no suele iniciar el fuego, pero sí crea las condiciones para que un incendio sea más rápido, más intenso y mucho más difícil de controlar.

    El abandono rural también alimenta el fuego

    Hay otro factor del que hablamos mucho menos.

    El abandono del territorio.

    Durante décadas, la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal mantenían el paisaje en un equilibrio dinámico.

    Los cultivos interrumpían la continuidad del combustible.

    El pastoreo reducía el crecimiento del matorral.

    La gestión forestal eliminaba parte de la biomasa acumulada.

    Cuando estas actividades desaparecen, el territorio cambia.

    La vegetación se acumula.

    El paisaje se vuelve más homogéneo.

    Y el fuego encuentra un escenario perfecto para propagarse.

    Por eso los incendios no pueden entenderse únicamente como un problema forestal.

    También son un problema demográfico, económico y social.

    Prevenir no consiste únicamente en tener más medios

    Cada verano admiramos, con razón, el trabajo de quienes luchan contra el fuego.

    Pero la evidencia científica lleva años insistiendo en una idea clara:

    invertir solo en extinción nunca será suficiente.

    La prevención requiere una mirada mucho más amplia.

    Implica recuperar actividades que mantienen vivo el territorio.

    Diseñar paisajes en mosaico donde diferentes usos del suelo dificulten la propagación del fuego.

    Gestionar el combustible forestal.

    Mejorar los sistemas de vigilancia y detección temprana.

    Educar para reducir negligencias.

    Y priorizar las zonas donde el riesgo es mayor antes de que llegue el verano.

    Es menos visible que apagar un incendio.

    Pero probablemente sea mucho más eficaz.

    Los incendios también hablan de cómo ocupamos el territorio

    Quizá por eso este tema me interesa tanto.

    Porque detrás de cada incendio aparecen muchas de las cuestiones que llevo meses investigando.

    La despoblación.

    La pérdida de actividad económica en el medio rural.

    La gobernanza del territorio.

    La transición justa.

    La necesidad de escuchar a quienes viven esos lugares todo el año.

    No podemos aspirar a tener montes resilientes si los territorios que los sostienen dejan de ser habitables.

    Cuidar el territorio también es prevenir

    Cada vez estoy más convencida de que la prevención no empieza cuando se declara la alerta por altas temperaturas.

    Empieza mucho antes.

    Empieza cuando decidimos que un pueblo siga teniendo oportunidades.

    Cuando apoyamos a quienes mantienen actividad agrícola o ganadera.

    Cuando gestionamos nuestros montes durante todo el año.

    Cuando entendemos que la biodiversidad, la economía local y la cohesión social forman parte del mismo sistema.

    Porque un incendio no destruye únicamente árboles.

    Destruye ecosistemas.

    Paisajes.

    Medios de vida.

    Memoria colectiva.

    Y, en ocasiones, también la esperanza de quienes llevan generaciones cuidando ese territorio.

    Una reflexión para terminar

    Quizá el mayor error sea pensar que los incendios son únicamente una emergencia ambiental.

    En realidad, son el síntoma de muchos desequilibrios acumulados.

    Y como ocurre con casi todos los grandes retos de la sostenibilidad, la solución no pasa por una única medida.

    Pasa por volver a mirar el territorio como un sistema vivo.

    Un sistema que necesita gestión, personas, planificación y cuidado constante.

    Porque los incendios no empiezan con una chispa.

    Empiezan mucho antes.

    Y, afortunadamente, la prevención también.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿Y si el problema no fuera la despoblación? Repensando la repoblación rural desde la sostenibilidad.

    ¿Y si el problema no fuera la despoblación? Repensando la repoblación rural desde la sostenibilidad.

    Durante los últimos meses he estado trabajando junto a mis compañeros en un proyecto sobre resiliencia territorial y transición justa en entornos rurales.

    Mientras revisábamos literatura académica, políticas públicas, iniciativas de desarrollo rural y experiencias de distintos territorios, me encontré pensando una y otra vez en la misma cuestión:

    ¿Qué significa realmente repoblar un territorio?

    Porque si algo he aprendido durante este proceso es que la repoblación no consiste únicamente en conseguir que más personas vivan en un lugar.

    De hecho, muchos proyectos fracasan precisamente porque parten de esa premisa.

    La obsesión por los números

    Cuando hablamos de despoblación solemos recurrir a indicadores demográficos:

    • Número de habitantes.
    • Edad media.
    • Natalidad.
    • Migraciones.
    • Densidad poblacional.

    Todos ellos son importantes.

    El problema surge cuando confundimos los síntomas con las causas.

    Si un pueblo pierde población, la pregunta relevante no es únicamente cuántas personas se han marchado.

    La pregunta es por qué.

    ¿Por qué los jóvenes se van?

    ¿Por qué quienes se marcharon no regresan?

    ¿Por qué determinadas actividades económicas desaparecen?

    ¿Por qué algunas personas sienten que no tienen oportunidades para desarrollar su proyecto de vida allí?

    Responder a estas preguntas obliga a mirar mucho más allá de los datos demográficos.

    Los territorios no son espacios vacíos

    Existe una narrativa que aparece con frecuencia cuando se habla de la llamada España vaciada.

    Se presentan los territorios rurales como espacios vacíos que necesitan ser llenados.

    Sin embargo, los territorios no están vacíos.

    Están habitados por personas, relaciones, conocimientos, historias, conflictos, identidades y formas de organización propias.

    Cuando una intervención se centra exclusivamente en atraer nuevos habitantes sin comprender estas dinámicas, corre el riesgo de generar soluciones superficiales.

    Porque un territorio no se fortalece únicamente incorporando población.

    Se fortalece aumentando su capacidad para sostener la vida de quienes ya están allí.

    La repoblación es una consecuencia, no un objetivo

    Esta es probablemente una de las principales conclusiones a las que he llegado.

    Los proyectos de repoblación suelen plantear la llegada de nuevas personas como el objetivo final.

    Yo creo que debería ser al revés.

    La llegada de población debería entenderse como una consecuencia de haber construido un territorio más habitable, más resiliente y con mayores oportunidades.

    Cuando existen servicios básicos.

    Cuando hay espacios de participación.

    Cuando las personas sienten que pueden influir en las decisiones que afectan a su comunidad.

    Cuando hay oportunidades económicas sostenibles.

    Cuando las mujeres pueden participar en igualdad de condiciones.

    Cuando los jóvenes encuentran perspectivas de futuro.

    Cuando existe cohesión social.

    Entonces la repoblación deja de ser una campaña de captación para convertirse en un resultado natural.

    Gobernanza: la gran olvidada

    Si hay una palabra que aparece constantemente en la literatura sobre desarrollo territorial es gobernanza.

    Y, sin embargo, rara vez ocupa el centro de la conversación pública.

    Muchas estrategias de desarrollo rural se diseñan desde fuera del territorio y para el territorio.

    Pero pocas se construyen verdaderamente con el territorio.

    La gobernanza participativa no es una cuestión burocrática.

    Es la capacidad de una comunidad para organizarse, tomar decisiones colectivas, gestionar conflictos y construir consensos.

    Sin ella, cualquier iniciativa corre el riesgo de desaparecer cuando terminan los fondos o cambian los responsables políticos.

    La sostenibilidad social importa

    En sostenibilidad solemos hablar mucho de transición energética, residuos o economía circular.

    Y son temas fundamentales.

    Pero existe otra pregunta que deberíamos hacernos:

    ¿Quién participa en esa transición?

    Porque no todas las personas parten del mismo punto.

    Las desigualdades de género, la sobrecarga de cuidados, las diferencias generacionales o las barreras de acceso a recursos condicionan profundamente quién puede beneficiarse de una intervención y quién queda fuera.

    Por eso cualquier proyecto que aspire a transformar un territorio necesita incorporar una mirada social desde el principio.

    No como un complemento.

    Como una condición necesaria para que el cambio sea sostenible.

    Entonces, ¿cómo debería ser un proyecto que busque repoblar de verdad?

    Desde mi punto de vista, debería cumplir al menos cinco condiciones:

    1. Escuchar antes de intervenir.

    Comprender las necesidades, capacidades y aspiraciones del territorio.

    2. Fortalecer la capacidad de decisión local.

    No solo ejecutar proyectos, sino construir gobernanza.

    3. Generar oportunidades sostenibles.

    Más allá de subvenciones puntuales o iniciativas aisladas.

    4. Incorporar la perspectiva de género y la diversidad territorial.

    Reconociendo que no todas las personas viven el territorio de la misma manera.

    5. Pensar en décadas, no en convocatorias.

    La resiliencia territorial requiere tiempo.

    Una reflexión final

    Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo atraer más habitantes.

    Quizá la pregunta sea cómo construir territorios donde las personas quieran quedarse.

    Porque cuando un lugar ofrece oportunidades, participación, vínculos y capacidad de futuro, la repoblación deja de ser una meta perseguida artificialmente.

    Y pasa a convertirse en una consecuencia natural de un territorio vivo.

    Tal vez ahí empiece la verdadera transición justa.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • La ciudad de los 15 minutos: cuando la sostenibilidad se mide en tiempo y no en distancia.

    La ciudad de los 15 minutos: cuando la sostenibilidad se mide en tiempo y no en distancia.

    Estos días estoy leyendo varios Planes de Movilidad Urbana Sostenible (PMUS). Entre indicadores, diagnósticos y propuestas, hubo una idea que apareció repetidamente y despertó mi curiosidad: la ciudad de los 15 minutos.

    Fue precisamente revisando el PMUS de Madrid cuando decidí profundizar en este concepto impulsado por el urbanista Carlos Moreno, una propuesta que ha ganado protagonismo en los debates sobre sostenibilidad urbana durante los últimos años.

    Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente resultaba que estamos ante algo más complejo que una simple cuestión de movilidad.

    Estamos hablando de cómo organizamos la vida cotidiana.

    ¿Qué es exactamente la ciudad de los 15 minutos?

    La idea es sencilla: que las personas puedan satisfacer la mayoría de sus necesidades diarias a menos de 15 minutos a pie o en bicicleta desde su lugar de residencia.

    Carlos Moreno identifica seis grandes funciones urbanas que deberían estar disponibles en condiciones de proximidad:

    • Habitar.
    • Trabajar.
    • Abastecerse.
    • Cuidarse.
    • Aprender.
    • Disfrutar del ocio y la cultura.

    La imagen de una ciudad donde todo está cerca puede parecer utópica, pero en realidad recoge principios presentes desde hace décadas en el urbanismo: barrios mixtos, ciudad compacta, movilidad activa y servicios distribuidos territorialmente.

    La diferencia es que el concepto pone el foco en una variable muy concreta: el tiempo.

    Cuando el tiempo también es sostenibilidad

    Tradicionalmente hemos medido las ciudades mediante kilómetros, infraestructuras o densidad.

    La ciudad de los 15 minutos introduce otra pregunta:

    ¿Cuánto tiempo necesita una persona para desarrollar una vida cotidiana digna?

    Y aquí aparece una dimensión que me resulta especialmente interesante desde la sostenibilidad social.

    El tiempo no se distribuye de manera equitativa.

    Las personas con menores ingresos suelen dedicar más tiempo a desplazarse.

    Quienes viven en periferias alejadas tienen menor acceso a determinados servicios.

    Las tareas de cuidado recaen de forma desigual sobre mujeres y familias.

    Las personas mayores o con movilidad reducida encuentran barreras adicionales incluso cuando los servicios existen sobre el papel.

    Por eso hablar de proximidad es también hablar de justicia territorial.

    Lo que dice la investigación

    La literatura científica reciente identifica varios beneficios potenciales:

    Beneficios ambientales

    La reducción de desplazamientos motorizados contribuye a disminuir emisiones de gases de efecto invernadero, contaminación atmosférica y congestión urbana.

    Beneficios para la salud

    Caminar y utilizar la bicicleta como medio habitual favorece la actividad física cotidiana y reduce el sedentarismo.

    Beneficios sociales

    La proximidad facilita la interacción vecinal, fortalece el comercio local y mejora el acceso a servicios esenciales.

    Beneficios económicos

    Los barrios con mayor accesibilidad suelen generar economías locales más resilientes y reducir costes asociados a desplazamientos.

    Los límites del modelo

    Sin embargo, la investigación también advierte sobre algunos riesgos.

    El primero es pensar que todas las ciudades pueden aplicar el modelo exactamente igual.

    No es lo mismo un centro urbano consolidado que una periferia dispersa.

    No es lo mismo Madrid que una ciudad media o un entorno rural.

    El segundo riesgo es la gentrificación.

    Mejorar servicios, espacio público y accesibilidad puede aumentar el atractivo de determinados barrios y encarecer la vivienda, expulsando precisamente a quienes deberían beneficiarse de estas mejoras.

    Y existe una tercera cuestión que considero fundamental:

    La proximidad física no garantiza por sí sola el bienestar.

    Podemos tener una farmacia a cinco minutos y seguir encontrando barreras económicas para acceder a determinados tratamientos.

    Podemos disponer de un centro cultural cercano que no responda a las necesidades reales del barrio.

    Podemos vivir cerca de todo y sentirnos desconectados de nuestra comunidad.

    Más allá de la ciudad: una reflexión sobre los territorios

    Quizá lo más interesante de la ciudad de los 15 minutos es que nos obliga a replantear una pregunta básica:

    ¿Qué necesita una persona para desarrollar una vida plena cerca de donde vive?

    Y esa pregunta no solo sirve para las ciudades.

    También resulta especialmente relevante cuando pensamos en cohesión territorial, despoblación rural, acceso a servicios o sostenibilidad social.

    Porque, en el fondo, el objetivo no es únicamente reducir trayectos.

    Es acercar oportunidades.

    Reflexión final

    La ciudad de los 15 minutos no es una receta mágica ni un modelo universal.

    Pero sí ofrece algo valioso: una forma distinta de pensar la sostenibilidad.

    Una sostenibilidad que no se mide únicamente en toneladas de CO₂ evitadas o kilómetros de carriles bici construidos.

    Una sostenibilidad que también se mide en tiempo ganado, cuidados accesibles, servicios cercanos y calidad de vida.

    Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si todas las ciudades pueden convertirse en ciudades de 15 minutos.

    Quizá la pregunta sea otra:

    ¿Qué tan lejos están hoy las oportunidades de las personas que las necesitan?


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Qué estamos llamando sostenibilidad (y por qué deberíamos revisarlo).

    Qué estamos llamando sostenibilidad (y por qué deberíamos revisarlo).

    Durante mucho tiempo, hablar de sostenibilidad parecía suficiente.

    Nombrarla ya era un avance.

    Hoy, sin embargo, tengo la sensación de que algo se ha desplazado.

    Que cuanto más se utiliza la palabra, menos claro queda lo que significa.

    Y no es un problema semántico.

    Es un problema estructural.

    Porque cuando todo puede ser sostenible…

    corremos el riesgo de que nada lo sea de verdad.


    Cuando la sostenibilidad se convierte en discurso

    En los últimos años, la sostenibilidad ha pasado de ser un marco transformador a convertirse, en muchos casos, en un lenguaje compartido.

    Está en las estrategias.

    En los informes.

    En los discursos corporativos.

    Pero no siempre está en las decisiones.

    Y ahí es donde aparece la incoherencia.

    Porque una cosa es hablar de sostenibilidad como concepto,

    y otra muy distinta es diseñar sistemas que realmente la sostengan.


    El caso de los territorios (lo que no siempre se cuenta)

    Uno de los espacios donde esta tensión se hace más visible es en los territorios rurales o despoblados.

    Zonas que, desde fuera, pueden parecer “disponibles”.

    Vacías.

    Listas para ser utilizadas.

    Pero no lo están.

    Son territorios con historia, con vínculos, con cultura, con formas de vida que no siempre entran en una hoja de Excel.

    Y, sin embargo, muchas decisiones se siguen tomando desde esa lógica:

    👉 eficiencia

    👉 optimización

    👉 escala

    Sin incorporar lo más importante:

    las personas que habitan esos territorios.


    Infraestructuras “sostenibles” que generan tensión

    Un ejemplo claro lo encontramos en la expansión de ciertas infraestructuras vinculadas a la digitalización, como los centros de datos.

    Sobre el papel, pueden encajar en estrategias de transición tecnológica o energética.

    Pero cuando se aterrizan en determinados contextos, la realidad es más compleja:

    • Consumen grandes cantidades de energía
    • Requieren un uso intensivo de agua
    • Se ubican, en muchos casos, en zonas con estrés hídrico
    • Generan pocos empleos locales en relación a su impacto

    Y, sobre todo:

    👉 compiten directamente con los recursos del territorio

    Lo que abre una pregunta incómoda:

    ¿Es sostenible algo que tensiona los sistemas de los que depende la vida local?


    El problema no es técnico (es de enfoque)

    Aquí es importante hacer una pausa.

    Esto no va de estar en contra del desarrollo, la tecnología o la transición energética.

    Va de cómo se diseñan.

    Porque el problema no es la infraestructura en sí,

    sino el marco desde el que se decide:

    • sin participación real
    • sin lectura del contexto
    • sin integrar lo social como eje estratégico

    Cuando esto ocurre, la sostenibilidad deja de ser un proceso

    y se convierte en una etiqueta.


    Sostenibilidad sin personas: el gran vacío

    Uno de los mayores riesgos que veo hoy es este:

    👉 integrar lo ambiental

    👉 integrar lo económico

    👉 y dejar lo social como consecuencia

    Como si cuidar a las personas fuera un efecto secundario.

    Pero no lo es.

    La sostenibilidad social no es el resultado de hacer bien otras cosas.

    Es una dimensión que debe estar en el diseño desde el principio.

    Porque cuando no está:

    • aparecen conflictos
    • se debilita la cohesión
    • se genera rechazo
    • se pierde legitimidad

    Y, en muchos casos, los proyectos fracasan o se sostienen a costa de los territorios.


    Entonces… ¿qué sí sería sostenible?

    No hay una única respuesta, pero sí hay algunas claves que empiezan a repetirse:

    • Escuchar antes de intervenir
    • Entender el territorio como sistema vivo, no como recurso
    • Diseñar con la comunidad, no para la comunidad
    • Evaluar impactos reales (no solo indicadores formales)
    • Priorizar la viabilidad a largo plazo sobre el beneficio inmediato

    Y, sobre todo:

    👉 asumir que la sostenibilidad no se declara, se construye


    Una invitación (más que una conclusión)

    No escribo esto desde la certeza.

    Lo escribo desde la incomodidad.

    Desde la sensación de que necesitamos revisar algunas cosas que hemos normalizado demasiado rápido.

    Porque quizá la pregunta no es:

    👉 “¿esto es sostenible?”

    Sino:

    👉 “¿para quién está siendo sostenible… y a costa de qué?”

    Y desde ahí, empezar a diseñar de otra manera.


    Cuidar también es estrategia cuando dejamos de llamar sostenibilidad a cualquier cosa.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Escuchar antes de diseñar: lo que estoy aprendiendo sobre transición justa en el territorio.

    Escuchar antes de diseñar: lo que estoy aprendiendo sobre transición justa en el territorio.

    Esta Semana Santa he vuelto al pueblo.

    Como cada año, para ver a mi familia, parar un poco y cambiar de ritmo.

    Pero esta vez había algo distinto.

    He vuelto también con una intención clara:

    mirar el territorio desde otro lugar.


    Del análisis al territorio

    Actualmente estoy trabajando en mi Trabajo de Fin de Máster sobre transición justa y resiliencia de territorios rurales, centrado en España y México.

    En el marco teórico, aparecen conceptos que ya conocemos:

    • despoblación
    • falta de diversificación económica
    • migración juvenil
    • brechas de género
    • pérdida de capital social
    • brecha digital
    • presión sobre los recursos naturales

    El análisis PESTEL ayuda a ordenar todo esto. A entender los factores políticos, económicos, sociales, tecnológicos, ecológicos y legales que atraviesan los territorios rurales.

    Pero hay algo que el análisis no puede hacer por sí solo:

    explicar cómo se vive todo esto en el día a día.


    Cambiar la pregunta

    Por eso, estos días decidí empezar por algo muy sencillo:

    preguntar.

    No desde lo técnico, sino desde lo cotidiano.

    Preguntas como:

    • ¿Cómo es un día normal aquí?
    • ¿Qué dificultades encuentras en tu día a día?
    • ¿A quién acudes cuando necesitas ayuda?
    • ¿Qué crees que falta en el pueblo?
    • ¿Qué cosas sientes que se están desaprovechando?
    • ¿Cómo te gustaría que fuera el pueblo en 10 años?

    Puede parecer básico.

    Pero no lo es.

    Porque este tipo de preguntas permite entender algo que no aparece en los indicadores:

    cómo se organiza la vida en el territorio.


    Cuando la teoría se vuelve concreta

    Las respuestas no solo aportan información.

    Aterrizan la teoría.

    Lo que en el análisis aparecía como “falta de diversificación económica” se traduce en:

    • negocios que están a punto de cerrar por falta de relevo generacional
    • dependencia de otros municipios para servicios básicos
    • consumo fuera del pueblo, incluso cuando eso debilita la economía local

    La “pérdida de capital social” se traduce en:

    • desaparición de espacios informales de encuentro
    • ocio limitado
    • menos interacción intergeneracional

    Y la “escasez de oportunidades” se traduce en algo muy concreto:

    jóvenes que no encuentran motivos para quedarse.


    Una base que sí existe

    Sin embargo, no todo es pérdida.

    Hay algo que me parece especialmente relevante:

    existe una base real de comunidad y de participación

    Cuando las decisiones afectan directamente al pueblo, aparecen espacios de diálogo, consulta y corresponsabilidad.

    Esto es importante.

    Porque significa que no partimos de cero.

    No se trata de “llevar” participación al territorio.

    Se trata de reconocerla, fortalecerla y canalizarla.


    El reto de la nostalgia

    Una de las respuestas que más se repitió cuando pregunté por el futuro fue esta:

    👉 “que el pueblo sea como antes”

    Es una respuesta profundamente humana.

    Habla de vínculo, de memoria, de identidad.

    Pero también plantea un reto importante.

    La transición justa no puede consistir en volver atrás.

    Tiene que ver con algo más complejo:

    evolucionar sin perder lo que hace que el territorio tenga sentido para quienes lo habitan.


    Gobernanza participativa: más que una metodología

    Todo esto conecta con una idea central en mi TFM:

    la gobernanza participativa.

    No como una herramienta puntual,

    sino como una forma de diseñar procesos.

    Esto implica algo muy sencillo, pero a la vez exigente:

    no diseñar para el territorio, sino con el territorio.

    Y eso requiere tiempo.

    Requiere escuchar.

    Requiere incomodarse.

    Requiere cuestionar las propias ideas.


    Un primer paso (intencionadamente pequeño)

    La muestra de estas conversaciones ha sido reducida.

    De forma consciente.

    Por un lado, porque quería respetar los tiempos de descanso y disfrute de estos días.

    Por otro, porque el objetivo no era obtener conclusiones cerradas, sino construir un primer marco.

    Un punto de partida.


    Lo que viene ahora

    Los siguientes pasos son claros:

    • volver al territorio
    • ampliar la muestra
    • incluir más perfiles (también institucionales)
    • y empezar a traducir todo esto en propuestas concretas

    Pero con una premisa que cada vez tengo más clara:

    no hay proyecto viable si no se entiende primero cómo viven las personas que lo habitan


    Cuidar también es estrategia (también en el territorio)

    Si algo me está enseñando este proceso es que la sostenibilidad no empieza en los planes.

    Empieza en las preguntas.

    En cómo miramos.

    En cómo escuchamos.

    En si somos capaces de tomar en serio lo que ya existe.


    Cuidar también es estrategia cuando dejamos de diseñar desde fuera y empezamos a construir desde dentro.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Cómo diseñar un proyecto de sostenibilidad territorial que no se quede en el papel.

    Cómo diseñar un proyecto de sostenibilidad territorial que no se quede en el papel.

    Durante años, muchos proyectos territoriales se han formulado con buenas intenciones, presupuestos razonables y marcos estratégicos impecables.

    Y, aun así, no han generado transformación real.

    No porque falten recursos.

    No porque falte conocimiento técnico.

    Sino porque, con demasiada frecuencia, se diseñan desde fuera.

    En este artículo quiero compartir cómo concibo yo el diseño de proyectos de sostenibilidad territorial, con una idea clara de fondo:

    👉 lo social no puede ser un efecto secundario.

    Debe estar en el centro del mapa estratégico desde el minuto uno.

    Este enfoque no es exclusivo de un territorio concreto.

    Es replicable, adaptable y pensado para contextos rurales, urbanos o intermedios.


    El problema de fondo: proyectos bien hechos que no arraigan

    Cuando analizo proyectos que no han funcionado, suele repetirse el mismo patrón:

    • Diagnósticos centrados en carencias, no en capacidades
    • Acciones diseñadas antes de escuchar
    • Participación simbólica
    • Indicadores que miden actividad, pero no transformación
    • Impacto social entendido como “resultado colateral”

    El resultado: proyectos técnicamente correctos, pero desconectados de la vida real del territorio.


    Un cambio de mirada: el territorio como sistema vivo

    Para mí, un territorio no es:

    • un espacio vacío que hay que activar
    • un problema que resolver
    • un contenedor de subvenciones

    Un territorio es un sistema vivo, compuesto por:

    • personas (con historias, límites y saberes)
    • relaciones (formales e informales)
    • cultura e identidad
    • biodiversidad y paisaje
    • economía cotidiana
    • formas de gobernanza explícitas… y ocultas

    Diseñar sostenibilidad implica ordenar ese sistema, no imponer soluciones.


    Mi hoja de ruta para diseñar proyectos territoriales sostenibles

    1. Escucha profunda antes de cualquier propuesta

    El primer paso no es el diagnóstico técnico, sino la escucha.

    Escuchar implica:

    • hablar con personas diversas, no solo con cargos visibles
    • entender qué funciona y qué no desde dentro
    • detectar tensiones, silencios, resistencias
    • comprender ritmos, miedos y aspiraciones

    Aquí se construye algo clave: confianza.

    Sin ella, ningún proyecto se sostiene.


    2. Mapeo de activos: empezar por lo que ya existe

    Muchos territorios están cansados de que se les diga lo que les falta.

    Por eso, mi segundo paso es mapear activos:

    • personas clave y liderazgos informales
    • tejido asociativo
    • patrimonio cultural y simbólico
    • biodiversidad y paisaje
    • actividades económicas reales (no las idealizadas)

    Este mapeo permite diseñar proyectos que activan lo existente, en lugar de depender siempre de recursos externos.


    3. Marco ESG integrado desde el origen

    Uno de los errores más comunes es trabajar el ESG por capas o por fases.

    Mi enfoque es integrarlo desde el inicio:

    • Ambiental: regeneración, adaptación, biodiversidad
    • Social: cohesión, cuidados, acceso, equidad
    • Económico: empleo, medios de vida, viabilidad
    • Gobernanza: participación, toma de decisiones, transparencia

    👉 Aquí es donde marco una línea clara:

    lo social no viene después.

    Forma parte del diseño estratégico.


    4. Co-creación real con el territorio

    La participación no puede ser una validación final.

    Trabajo desde la co-creación, lo que implica:

    • sentarse a la mesa con los distintos actores
    • traducir lenguaje técnico a lenguaje cotidiano
    • construir propuestas asumibles
    • aceptar que no todo será rápido ni perfecto

    Este proceso genera algo fundamental:

    corresponsabilidad.

    Cuando las personas participan en el diseño, el proyecto deja de ser “de fuera”.


    5. Acciones con impacto directo en personas

    Cada acción debe responder a preguntas muy concretas:

    • ¿a quién cuida esta acción?
    • ¿qué necesidad real aborda?
    • ¿qué capacidades deja instaladas?
    • ¿puede sostenerse en el tiempo?

    No me interesan las acciones que solo funcionan mientras dura la financiación.

    Me interesan las que mejoran la vida cotidiana.


    6. Medir lo que importa (no solo lo fácil)

    Sí, medir es importante.

    Pero no todo cabe en un KPI clásico.

    Además de outputs, evalúo:

    • acceso a recursos
    • participación real
    • bienestar
    • vínculos creados
    • autonomía del territorio

    Porque lo que no se mide, a veces, es justo lo que más transforma.


    7. Replicabilidad sin perder identidad

    Este método es replicable.

    Las soluciones, no.

    Cada territorio necesita:

    • su propio ritmo
    • su propia narrativa
    • su propia manera de cuidarse

    La sostenibilidad no es copiar modelos,

    es adaptar principios a contextos vivos.


    Para cerrar

    Diseñar proyectos territoriales sostenibles no va de cumplir marcos.

    Va de crear sistemas donde las personas importan de verdad.

    Este enfoque requiere más tiempo, más escucha y más humildad.

    Pero también es el único que conozco capaz de generar transformación real.

    Si queremos territorios vivos,

    necesitamos proyectos que nazcan desde la vida, no desde el despacho.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • La transición verde no es neutra: cómo evitar que la sostenibilidad aumente la desigualdad

    La transición verde no es neutra: cómo evitar que la sostenibilidad aumente la desigualdad

    Durante mucho tiempo hemos hablado de la transición ecológica como si fuera, por definición, algo positivo para todas las personas. Reducir emisiones, descarbonizar la economía, transformar los sistemas energéticos y productivos parece —y es— imprescindible.

    Pero hay una pregunta que cada vez resuena con más fuerza:

    ¿para quién estamos diseñando la transición verde?

    La evidencia científica es clara: la transición ecológica no es socialmente neutra. Puede convertirse en una palanca de justicia social… o en un amplificador de desigualdades preexistentes. Todo depende del diseño, del ritmo y de cómo se reparten los costes y los beneficios.

    Cuando la transición verde aumenta la desigualdad

    Uno de los principales riesgos de las políticas climáticas mal diseñadas es su impacto regresivo. Medidas como los impuestos al carbono o los impuestos verdes suelen encarecer bienes básicos como la energía o el transporte. Si no existen mecanismos de compensación, estos costes pesan proporcionalmente más sobre los hogares con menos ingresos.

    No es que estas políticas sean erróneas en sí mismas. El problema aparece cuando se aplican sin redistribución, sin protección social y sin tener en cuenta las realidades materiales de las personas a las que afectan.

    Otro mecanismo clave es el acceso desigual a las tecnologías verdes. Placas solares, rehabilitación energética, movilidad eléctrica o electrodomésticos eficientes requieren una inversión inicial elevada. Cuando el ahorro y los beneficios de salud solo están disponibles para quienes pueden permitirse esa inversión, la transición corre el riesgo de convertirse en un nuevo privilegio.

    A esto se suma la dimensión territorial. Regiones dependientes de sectores intensivos en carbono pueden sufrir pérdidas de empleo, ingresos e identidad colectiva si no se acompañan con políticas de reconversión, formación y desarrollo alternativo. En entornos urbanos, algunas intervenciones ambientales han derivado incluso en procesos de green gentrification, donde las mejoras ambientales expulsan a la población más vulnerable.

    Cuando la transición verde reduce desigualdades

    La buena noticia es que este escenario no es inevitable. La investigación muestra que la transición puede ser socialmente beneficiosa cuando se diseña desde una lógica de transición justa.

    ¿Qué marca la diferencia?

    • Redistribución explícita: el reciclaje progresivo de los ingresos de impuestos verdes (por ejemplo, mediante transferencias directas o “dividendos climáticos”) puede neutralizar —e incluso revertir— los efectos regresivos.
    • Acceso equitativo a tecnologías: subvenciones bien dirigidas, programas públicos y modelos cooperativos permiten que los beneficios de la transición lleguen también a los hogares con menos recursos.
    • Protección y reconversión laboral: invertir en formación, empleo verde y alternativas económicas en territorios afectados reduce el rechazo social y fortalece la cohesión.
    • Participación real: cuando las comunidades participan en el diseño y la implementación de los proyectos, aumenta la aceptación social y se evitan soluciones desconectadas del contexto.

    En otras palabras, la transición funciona mejor cuando incorpora lo social desde el inicio, no como un parche posterior.

    El error de pensar la sostenibilidad solo desde lo técnico

    Uno de los grandes errores que seguimos cometiendo es tratar la sostenibilidad como un problema exclusivamente técnico o normativo. Cumplir con objetivos, indicadores y marcos legales es necesario, pero no suficiente.

    La transición ecológica es, ante todo, una transformación social. Afecta a cómo vivimos, trabajamos, nos movemos y nos relacionamos con el territorio. Ignorar esta dimensión no solo es injusto, sino también ineficaz: genera resistencias, desconfianza y bloqueos políticos.

    Por eso, cada vez más voces insisten en que no basta con “hacer la transición”. Hay que preguntarse cómo y con quién.

    Diseñar la transición para sostener la vida

    Si algo nos enseña la literatura reciente es que la transición verde magnifica las estructuras existentes. Allí donde hay desigualdad, tenderá a ampliarla si no se corrige. Allí donde hay cohesión, puede reforzarla.

    Diseñar políticas climáticas que cuiden a las personas no es una concesión ni un gesto moral: es una condición para que la transición sea viable, duradera y legítima.

    La pregunta clave para empresas, administraciones y organizaciones no debería ser solo cómo reducir emisiones, sino también:

    ¿qué impacto tendrá esto en la vida cotidiana de las personas?

    Porque una sostenibilidad que no cuida de quienes sostienen el sistema, difícilmente podrá sostenerse en el tiempo.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Creatividad para un futuro sostenible: lo que HOPE nos recuerda y lo que podemos construir.

    Creatividad para un futuro sostenible: lo que HOPE nos recuerda y lo que podemos construir.

    En mi post de hoy hablaba de algo que llevo tiempo sintiendo:

    la sostenibilidad no avanza solo con cumplimiento normativo, reporting o marcos técnicos.

    La sostenibilidad avanza cuando creamos.

    Crear no en el sentido artístico, sino en el sentido profundo de imaginar escenarios posibles, conectar información dispersa, anticipar impactos y diseñar soluciones que no existían hace un año. O hace una semana.

    Y quizá por eso la docuserie HOPE me ha removido tanto.

    Porque, sin decirlo explícitamente, muestra algo esencial:

    👉 el futuro no se “cumple”, se construye.

    Y solo se construye desde una mezcla de evidencia científica, acción colectiva y creatividad estratégica.

    En los episodios se repite un mensaje que atraviesa todo:

    no basta con reducir daños; debemos activar posibilidades.

    Y siento que ese es el gran punto ciego de muchas organizaciones:

    se centran en evitar riesgos, pero no en generar futuro.

    Hoy quiero traer esta idea a tierra, enlazarla con lo que escribí esta mañana y ofrecer una hoja de ruta práctica —y valiente— para empresas y gobiernos.


    1. Sostenibilidad no es ejecutar: es crear.

    Decía ayer en LinkedIn que necesitamos algo más que aplicar el marco legal.

    Las empresas pueden cumplir todo lo que exige la ley… y aun así no mover nada esencial.

    Porque cumplir es lineal.

    Crear es transformador.

    La sostenibilidad es un proceso creativo:

    • crear estrategias que cuiden territorios y personas,
    • crear modelos de negocio que no devoren los recursos,
    • crear narrativas que unan y no fragmenten,
    • crear políticas que escuchen a quienes llevan años invisibilizados,
    • crear condiciones para que el futuro sea habitable.

    No hace falta ser pintor para ser creativo.

    Hace falta ser consciente.


    2. Lo que HOPE deja claro.

    La docuserie transmite tres ideas fundamentales que debemos traer a empresas y gobiernos:

    1. No es tarde, pero no sobra tiempo.

    Las palancas para cambiar el rumbo existen ya: regulación, tecnología, gobernanza, innovación social, educación.

    2. La acción colectiva funciona.

    Los ejemplos que muestra HOPE son el resultado de comunidades, instituciones, empresas y ciudadanía moviéndose en una misma dirección.

    3. La creatividad es una herramienta política y empresarial.

    Todos los proyectos transformadores que aparecen en pantalla nacen de una pregunta creativa:

    “¿Y si pudiéramos hacerlo de otra forma?”


    3. Hoja de ruta para empresas y gobiernos: de la transición a la transformación.

    Aquí propongo una hoja de ruta realista, pero ambiciosa.

    Una hoja que une ciencia, estrategia y humanidad.


    A. Diagnosticar con honestidad:

    1. Evaluar la madurez ESG más allá del “tick the box”.
    2. Identificar impactos reales, no solo los que quedan bien en memoria.
    3. Escuchar a comunidades afectadas, no solo a stakeholders con poder.

    Sin un diagnóstico honesto, todo se convierte en greenwashing.


    B. Invertir en creatividad estratégica:

    La creatividad debe ser una competencia ESG.

    No hablamos de campañas, sino de:

    • imaginar escenarios de transición justa;
    • rediseñar procesos para reducir impacto sin perder valor;
    • vincular talento, territorio y cultura;
    • conectar lo técnico con lo humano;
    • innovar en soluciones regenerativas.

    HOPE lo muestra clarísimo: la innovación climática y social nace de preguntas creativas, no de repetir lo de siempre.


    C. Proteger el largo plazo por encima del trimestre:

    Gobiernos y empresas deberían preguntarse:

    • ¿Qué coste tiene intervenir ahora?
    • ¿Y qué coste tendrá no haber prevenido dentro de 10 años?

    Como aprendí en psicología:

    la prevención siempre es más barata que la intervención.

    Lo mismo ocurre con el clima, la desigualdad o la salud mental organizacional.


    D. Integrar el bienestar humano en el corazón de la sostenibilidad:

    No podemos salvar el planeta descuidando a las personas.

    Esto implica:

    • políticas de empleo dignas,
    • vivienda accesible,
    • modelos inclusivos sin discriminación étnico-racial,
    • prevención de la pobreza energética,
    • territorios que no condenen a nadie a la segregación.

    La sostenibilidad social no es la “S” bonita del ESG.

    Es la base que sostiene todo lo demás.


    E. Crear alianzas vivas, no memorias que se olvidan:

    Las transformaciones reales surgen de consorcios, redes, universidades, empresas, ONGs y ciudadanía colaborando.

    HOPE lo evidencia en cada episodio:

    nadie cambia el mundo solo, pero todos podemos ser pieza clave de una solución colectiva.


    F. Medir lo que importa, no solo lo que es fácil medir:

    Hay impactos que no caben en un KPI pero que mueven la historia:

    • cambios de conciencia,
    • vínculos creados,
    • reducción del sufrimiento humano,
    • mejoras en cohesión social,
    • nuevas culturas organizacionales.

    Si no medimos lo humano, lo perdemos.

    Si lo perdemos, deja de haber sostenibilidad.


    4. En resumen: la sostenibilidad se construye, no se imita.

    Lo que HOPE me recuerda es que no basta con “cumplir”.

    Necesitamos imaginar, crear, arriesgar, conectar y sostener procesos que vayan más allá del mínimo legal.

    Las empresas tienen un poder inmenso.

    Los gobiernos también.

    Ambos pueden ser motores de regeneración, innovación y justicia social si se atreven a pensar más allá del Excel.

    La pregunta no es

    “¿estamos a tiempo?”,

    sino

    “¿qué queremos crear con el tiempo que nos queda?”

    Esa es la verdadera transformación.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    🌀 Cuidar también es estrategia

    🎓 Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad & ESG

  • 3 claves para rediseñar la productividad y crear formas de trabajo sostenibles.

    3 claves para rediseñar la productividad y crear formas de trabajo sostenibles.

    Durante años, hablar de productividad en las organizaciones ha sido sinónimo de “hacer más en menos tiempo”. Sin embargo, hoy sabemos que ese modelo ha alcanzado su límite: ritmos acelerados, urgencia constante, multitarea crónica y un nivel de desgaste que termina erosionando no solo la salud de las personas, sino también la calidad del trabajo.

    La sostenibilidad social —la dimensión más olvidada del ESG— nos recuerda algo fundamental: no existen organizaciones sostenibles si los ritmos laborales no son compatibles con la vida.

    Y eso exige repensar cómo trabajamos, cómo nos organizamos y cómo regulamos nuestro tiempo.

    En esta entrada te comparto tres claves para avanzar hacia nuevas formas de trabajo sostenible, integrando evidencia, ejemplos y prácticas aplicables desde hoy.


    1. Slow productivity: trabajar mejor, no más.

    El término slow productivity no implica trabajar menos ni renunciar a los objetivos.

    Implica diseñar condiciones donde el trabajo pueda realizarse con foco, claridad y el ritmo adecuado para sostenerlo en el tiempo.

    La “urgencia crónica”, tan normalizada en muchas empresas, no es un indicador de compromiso.

    Es un indicador de desregulación colectiva.

    Cuando una organización funciona en estado de alerta permanente, aparecen patrones que ya consideramos parte inherente del trabajo, pero que no lo son:

    • Tareas urgentes que no lo eran hace 24 horas.
    • Reuniones diseñadas para apagar fuegos, no para tomar decisiones.
    • Fatiga cognitiva que deriva en errores evitables.
    • Dificultad para priorizar lo importante frente a lo inmediato.

    En cambio, la slow productivity plantea una idea sencilla pero transformadora:

    solo se produce bien desde un sistema nervioso regulado.

    Los estudios sobre rendimiento cognitivo son claros:

    La calidad del trabajo aumenta cuando reducimos el ruido, no cuando aumentamos la presión.

    Un ritmo más humano favorece:

    • una mejor memoria de trabajo
    • menos errores por saturación
    • más capacidad estratégica
    • mayor creatividad
    • decisiones más coherentes

    La eficiencia real no nace de hacer más, sino de poder pensar mejor.


    2. Ejemplos de empresas que ya están rediseñando el trabajo.

    Las nuevas formas de trabajo sostenible no son teoría.

    Ya hay organizaciones aplicándolas con impacto real.

    1. Buffer – semanas de trabajo “calmadas”.

    Implementaron semanas estructuradas sin reuniones salvo las imprescindibles.

    El resultado: más foco, menos agotamiento y mejor calidad en la entrega.

    2. Microsoft Japón – 4 días, misma productividad.

    La prueba piloto redujo horas, pero aumentó la productividad un 40 %.

    No por magia: por claridad, energía y mejor organización del tiempo.

    3. Dropbox – “Virtual First”.

    La empresa reorganizó toda su estructura para garantizar bloques de trabajo profundo y reuniones solo cuando son necesarias.

    Redujeron el “ruido” para dejar espacio a la concentración.

    4. Empresas nórdicas – “tiempo sin interrupciones”.

    Grandes compañías en Suecia y Dinamarca integran políticas de focus time obligatorio:

    dos horas sin correos ni mensajes.

    La concentración es un recurso estratégico.

    Estos ejemplos confirman algo que la neurociencia y la gestión ya venían indicando:

    📌 Un equipo con margen, presencia y energía rinde más que un equipo acelerado.


    3. Microcambios para aplicar en tu propio entorno.

    La sostenibilidad laboral no empieza con grandes transformaciones, sino con microdecisiones que cambian la calidad del día a día.

    Aquí tienes un conjunto de prácticas aplicables tanto si lideras un equipo como si trabajas en solo en tu departamento:

    🕊️ 1. Reuniones de 45 minutos + 5 minutos de pausa real.

    El descanso no es “tiempo perdido”, es regulación.

    Sin pausa, el sistema nervioso acumula tensión y pierde claridad.

    ⏳ 2. Bloques sin interrupciones.

    Reserva ventanas de 60–90 minutos para trabajar sin notificaciones.

    Un solo bloque profundo puede equivaler a 3 horas de trabajo fragmentado.

    📌 3. Priorizar en función de energía, no solo de urgencia.

    Hay tareas que requieren más presencia cognitiva y emocional.

    Hacerlas en tus mejores horas evita cansancio innecesario.

    🤝 4. Acordar “ritmos compartidos” con tu equipo.

    La productividad colectiva mejora cuando hay un entendimiento común sobre:

    • cuándo sí y cuándo no interrumpir
    • qué es realmente urgente
    • qué tiempos necesita cada tarea

    La regulación del equipo se vuelve más estable.

    🧠 5. Desnormalizar el “siempre disponible”.

    La disponibilidad continua es un hábito cultural, no una necesidad real.

    Poner límites es una forma avanzada de sostenibilidad personal y profesional.

    🌬️ 6. Revisar tu agenda desde el cuidado.

    Una pregunta sencilla para cada bloque de tiempo:

    “¿Qué sostengo yo aquí y qué me sostiene a mí?”

    Si la respuesta es que solo sostienes y nunca te sostiene… ahí hay un desequilibrio.


    Del ritmo individual al ritmo organizacional.

    Hablar de ritmos humanos no es “soft”, es estratégico.

    El estrés sostenido afecta:

    • la calidad del pensamiento,
    • la creatividad,
    • la toma de decisiones,
    • la empatía,
    • la capacidad para sostener conflicto,
    • la retención de talento.

    Un equipo regulado produce mejor, no solo se siente mejor.

    Sostenibilidad social significa integrar prácticas que permitan trabajar sin comprometer la salud, el cuerpo ni la energía de quienes hacen posible la organización.

    Las nuevas formas de trabajo que sostienen la vida parten de una premisa simple:

    No necesitamos trabajar más; necesitamos trabajar distinto.

    Con más pausa, más presencia y menos ruido.

    Porque cuidar los ritmos es cuidar a las personas.

    Y cuidar a las personas es cuidar la estrategia.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    🌀 Cuidar también es estrategia

    🎓 Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad & ESG

  • Por qué pauso “Mi propuesta ESG” para enfocarme en mi propósito

    Por qué pauso “Mi propuesta ESG” para enfocarme en mi propósito

    Durante los últimos meses he estado compartiendo en este blog y en LinkedIn una serie muy especial para mí: Mi propuesta ESG para….

    He analizado cómo distintas empresas integran (o podrían integrar mejor) la sostenibilidad en su estrategia: desde el medio ambiente hasta lo social y la gobernanza.

    La experiencia ha sido valiosa.

    Me ha permitido entrenar la mirada crítica, profundizar en buenas prácticas del sector y abrir conversaciones preciosas con personas que, como yo, creen que otra forma de hacer empresa es posible.

    Pero hoy siento que necesito hacer una pausa.


    🌱 El sentido de una pausa consciente

    La sostenibilidad también tiene que ver con saber medir la energía que ponemos en cada cosa.

    Y lo cierto es que mi foco necesita volver a lo que me mueve de forma más profunda: mi propósito.

    Ese propósito es el corazón de Cuidar también es estrategia:

    • Transformar culturas laborales desde el cuidado.
    • Introducir la mirada del cuerpo y el sistema nervioso en entornos de trabajo.
    • Defender que la sostenibilidad social no es un añadido, sino la base que sostiene todo lo demás.

    Pausar esta serie no es un final, sino un giro. Un respiro para volver a enraizar mis palabras en lo que siento más mío.


    🌍 ESG: una herramienta valiosa, pero no suficiente

    El marco ESG (Environmental, Social and Governance) ha sido clave para avanzar en sostenibilidad en los últimos años.

    Gracias a él, muchas empresas se han visto obligadas a rendir cuentas en temas ambientales y de gobernanza.

    Pero creo que también se ha quedado corto en algo fundamental: las personas que sostienen esas organizaciones.

    Cuando hablamos de ESG, a menudo lo social se diluye en políticas de diversidad o proyectos puntuales.

    Lo que yo defiendo es que la sostenibilidad social necesita un lugar central:

    • Seguridad psicológica.
    • Regulación emocional en equipos.
    • Culturas que no premien el aguante, sino la salud y el cuidado.

    Eso es lo que quiero seguir explorando aquí, en este blog.


    🤝 Hacia dónde quiero caminar

    Este espacio será, a partir de ahora, un lugar para:

    • Compartir herramientas prácticas para crear culturas laborales más humanas.
    • Divulgar sobre trauma, teoría polivagal y sostenibilidad social aplicados al trabajo.
    • Ofrecer reflexiones que inviten a repensar qué significa cuidar en contextos organizacionales.

    Seguiré hablando de sostenibilidad, pero desde un ángulo distinto: más encarnado, más humano, más conectado con la experiencia real de las personas.

    Porque cuidar también es estrategia.

    Y porque creo firmemente que el futuro del trabajo necesita menos métricas cosméticas y más culturas que sostengan de verdad.


    🌟 Conclusión

    Esta pausa en la serie Mi propuesta ESG para… no es un adiós.

    Quizá en el futuro vuelva con nuevas entregas, cuando sienta que es el momento adecuado.

    Hoy, en cambio, quiero abrir un nuevo ciclo de escritura y de conversación en torno a lo que me apasiona: cómo el cuidado puede transformar la forma en que trabajamos, lideramos y habitamos las organizaciones.

    💬 Y me encantaría saber:

    ¿Qué temas sobre cuidado, trabajo y sostenibilidad social te gustaría que exploremos en este espacio en los próximos meses?


    💡 Esta semana os anuncio un regalo en mi newsletter Liarte al cambio.

    👉 Puedes suscribirte en LinkedIn para recibirla cada jueves.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    🌀 Cuidar también es estrategia

    🎓 Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad & ESG