Autor: Nerea Liarte

  • Los incendios no empiezan con una chispa. Empiezan mucho antes.

    Los incendios no empiezan con una chispa. Empiezan mucho antes.

    Estos días estamos viendo imágenes que vuelven a repetirse cada verano.

    Montes ardiendo.

    Pueblos pendientes de una evolución incierta.

    Personas desalojadas.

    Equipos de emergencia jugándose la vida para proteger la de los demás.

    Mientras escribo estas líneas, sigo con preocupación la evolución del incendio de Peñarroya de Tastavins. Es un lugar que me toca especialmente de cerca y que me recuerda por qué llevo tanto tiempo interesándome por el futuro de nuestros territorios rurales.

    Y, como cada vez que ocurre una tragedia así, vuelvo a hacerme la misma pregunta:

    ¿Por qué seguimos hablando casi exclusivamente de apagar incendios y tan poco de prevenirlos?

    La mayoría de los incendios no empiezan por un rayo

    Existe una idea bastante extendida de que los incendios forestales son consecuencia inevitable del calor extremo o de las tormentas secas.

    Sin embargo, la investigación muestra una realidad diferente.

    En España, la mayor parte de las igniciones tienen un origen humano. Las negligencias, el uso inadecuado del fuego o las acciones intencionadas representan una proporción muy superior a los incendios provocados por rayos.

    Esto no significa restar importancia al cambio climático.

    Todo lo contrario.

    El cambio climático no suele iniciar el fuego, pero sí crea las condiciones para que un incendio sea más rápido, más intenso y mucho más difícil de controlar.

    El abandono rural también alimenta el fuego

    Hay otro factor del que hablamos mucho menos.

    El abandono del territorio.

    Durante décadas, la agricultura, la ganadería y el aprovechamiento forestal mantenían el paisaje en un equilibrio dinámico.

    Los cultivos interrumpían la continuidad del combustible.

    El pastoreo reducía el crecimiento del matorral.

    La gestión forestal eliminaba parte de la biomasa acumulada.

    Cuando estas actividades desaparecen, el territorio cambia.

    La vegetación se acumula.

    El paisaje se vuelve más homogéneo.

    Y el fuego encuentra un escenario perfecto para propagarse.

    Por eso los incendios no pueden entenderse únicamente como un problema forestal.

    También son un problema demográfico, económico y social.

    Prevenir no consiste únicamente en tener más medios

    Cada verano admiramos, con razón, el trabajo de quienes luchan contra el fuego.

    Pero la evidencia científica lleva años insistiendo en una idea clara:

    invertir solo en extinción nunca será suficiente.

    La prevención requiere una mirada mucho más amplia.

    Implica recuperar actividades que mantienen vivo el territorio.

    Diseñar paisajes en mosaico donde diferentes usos del suelo dificulten la propagación del fuego.

    Gestionar el combustible forestal.

    Mejorar los sistemas de vigilancia y detección temprana.

    Educar para reducir negligencias.

    Y priorizar las zonas donde el riesgo es mayor antes de que llegue el verano.

    Es menos visible que apagar un incendio.

    Pero probablemente sea mucho más eficaz.

    Los incendios también hablan de cómo ocupamos el territorio

    Quizá por eso este tema me interesa tanto.

    Porque detrás de cada incendio aparecen muchas de las cuestiones que llevo meses investigando.

    La despoblación.

    La pérdida de actividad económica en el medio rural.

    La gobernanza del territorio.

    La transición justa.

    La necesidad de escuchar a quienes viven esos lugares todo el año.

    No podemos aspirar a tener montes resilientes si los territorios que los sostienen dejan de ser habitables.

    Cuidar el territorio también es prevenir

    Cada vez estoy más convencida de que la prevención no empieza cuando se declara la alerta por altas temperaturas.

    Empieza mucho antes.

    Empieza cuando decidimos que un pueblo siga teniendo oportunidades.

    Cuando apoyamos a quienes mantienen actividad agrícola o ganadera.

    Cuando gestionamos nuestros montes durante todo el año.

    Cuando entendemos que la biodiversidad, la economía local y la cohesión social forman parte del mismo sistema.

    Porque un incendio no destruye únicamente árboles.

    Destruye ecosistemas.

    Paisajes.

    Medios de vida.

    Memoria colectiva.

    Y, en ocasiones, también la esperanza de quienes llevan generaciones cuidando ese territorio.

    Una reflexión para terminar

    Quizá el mayor error sea pensar que los incendios son únicamente una emergencia ambiental.

    En realidad, son el síntoma de muchos desequilibrios acumulados.

    Y como ocurre con casi todos los grandes retos de la sostenibilidad, la solución no pasa por una única medida.

    Pasa por volver a mirar el territorio como un sistema vivo.

    Un sistema que necesita gestión, personas, planificación y cuidado constante.

    Porque los incendios no empiezan con una chispa.

    Empiezan mucho antes.

    Y, afortunadamente, la prevención también.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • El problema no es el estrés. El problema es cuando deja de ayudarnos a adaptarnos.

    El problema no es el estrés. El problema es cuando deja de ayudarnos a adaptarnos.

    Si buscas “estrés” en internet probablemente encontrarás titulares parecidos a estos:

    • Cómo eliminar el estrés.
    • Técnicas para reducir el estrés.
    • Los peligros del estrés.
    • Por qué el estrés está destruyendo nuestra salud.

    Y aunque muchas de estas afirmaciones contienen parte de verdad, también simplifican demasiado algo bastante más complejo.

    Porque desde la psicología sabemos algo importante:

    el estrés no es necesariamente malo.

    De hecho, sin estrés probablemente no estaríamos aquí.

    El estrés como sistema de supervivencia

    El estrés es, en esencia, un mecanismo de adaptación.

    Nuestro cerebro detecta una demanda, una amenaza o un desafío y pone en marcha una serie de respuestas fisiológicas y psicológicas para ayudarnos a afrontarlo.

    Aumenta la atención.

    Moviliza energía.

    Mejora la capacidad de reacción.

    Prioriza recursos.

    Es un sistema extraordinariamente eficiente.

    Durante miles de años nos ayudó a sobrevivir frente a depredadores, hambrunas o peligros físicos.

    Hoy sigue haciendo exactamente lo mismo.

    Solo que ahora las amenazas suelen tener otra forma:

    • una entrega importante,
    • una entrevista de trabajo,
    • una mudanza,
    • un examen,
    • un nuevo proyecto,
    • un cambio profesional.

    El estrés, en estos casos, puede ser perfectamente funcional.

    Incluso beneficioso.

    Existe algo llamado eustrés

    La literatura científica diferencia entre distintos tipos de estrés.

    Uno de ellos es el llamado eustrés o estrés positivo.

    Es ese tipo de activación que aparece cuando afrontamos algo exigente, pero sentimos que contamos con recursos suficientes para responder.

    Preparar una conferencia.

    Empezar un trabajo nuevo.

    Defender un TFM.

    Aprender una habilidad compleja.

    Lanzar un proyecto propio.

    No son situaciones cómodas.

    Pero tampoco necesariamente dañinas.

    De hecho, muchas veces son precisamente las experiencias que asociamos con crecimiento personal o profesional.

    Entonces, ¿qué es el distrés?

    El problema aparece cuando las demandas superan de forma sostenida nuestra capacidad para responder.

    Es ahí donde aparece el distrés.

    La diferencia puede parecer sutil, pero es enorme.

    Mientras el estrés busca ayudarnos a adaptarnos, el distrés empieza a erosionar precisamente esa capacidad de adaptación.

    Aparecen entonces:

    • agotamiento,
    • irritabilidad,
    • dificultades para concentrarse,
    • problemas de sueño,
    • sensación constante de no llegar,
    • síntomas ansiosos o depresivos.

    La investigación relaciona especialmente el distrés psicológico con peores resultados tanto físicos como mentales.

    No es casualidad que aparezca asociado a mayor riesgo cardiovascular, peor recuperación física o mayores dificultades emocionales.

    La diferencia no siempre está en el desafío

    Y aquí aparece una de las ideas más interesantes.

    Muchas veces no es el acontecimiento lo que determina si experimentamos estrés o distrés.

    Dos personas pueden vivir situaciones similares y reaccionar de forma completamente distinta.

    La diferencia suele encontrarse en otros factores:

    • percepción de control,
    • apoyo social,
    • recursos disponibles,
    • capacidad de recuperación,
    • flexibilidad psicológica,
    • experiencia previa.

    En otras palabras:

    el problema no siempre es la carga.

    A veces es la ausencia de recursos para sostenerla.

    ¿Qué significa esto para las organizaciones?

    Creo que esta distinción es especialmente relevante en el ámbito laboral.

    Durante años muchas organizaciones han asumido que cualquier nivel elevado de exigencia era inevitable o incluso deseable.

    Sin embargo, la evidencia empieza a señalar algo distinto.

    Los desafíos pueden resultar estimulantes cuando las personas disponen de:

    • autonomía,
    • apoyo,
    • recursos suficientes,
    • tiempo de recuperación,
    • sensación de propósito.

    Pero cuando la exigencia permanece y los recursos desaparecen, el sistema deja de impulsar rendimiento y empieza a generar desgaste.

    Por eso las conversaciones sobre bienestar laboral no deberían centrarse únicamente en reducir el estrés.

    Quizá la pregunta correcta sea otra:

    ¿Estamos proporcionando suficientes recursos para que las personas puedan afrontar los desafíos que les pedimos asumir?

    La sostenibilidad también es esto

    A veces hablamos de sostenibilidad pensando únicamente en emisiones, energía o economía circular.

    Pero la sostenibilidad también tiene una dimensión profundamente humana.

    Los sistemas sostenibles son aquellos capaces de mantenerse en el tiempo sin agotar los recursos de los que dependen.

    Y las organizaciones no son una excepción.

    Porque las personas también somos recursos limitados.

    Necesitamos recuperación.

    Necesitamos apoyo.

    Necesitamos descanso.

    Necesitamos sentir que podemos responder a lo que se nos pide.

    Quizá por eso cada vez me gusta menos hablar de eliminar el estrés.

    Y cada vez me interesa más otra pregunta:

    ¿Qué condiciones necesitamos crear para que los desafíos sigan siendo retos y no se conviertan en desgaste?

    Tal vez ahí empiece una parte importante de la sostenibilidad social.

    Y quizá, también, una parte importante del cuidado.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿Y si el ocio también fuera estrategia? Lo que la investigación empieza a decir sobre el leisure crafting.

    ¿Y si el ocio también fuera estrategia? Lo que la investigación empieza a decir sobre el leisure crafting.

    Hace unos años probablemente habría entendido el ocio como la recompensa por trabajar duro.

    Primero el esfuerzo.

    Después el descanso.

    Primero la productividad.

    Después el tiempo para uno mismo.

    Sin embargo, cada vez me convence más una idea distinta.

    Quizá el ocio no sea la consecuencia del trabajo.

    Quizá sea una de las condiciones necesarias para poder trabajar bien.

    La paradoja del descanso

    Vivimos en una cultura bastante extraña respecto al descanso.

    Sabemos que dormir es importante.

    Sabemos que el estrés sostenido tiene consecuencias.

    Sabemos que el agotamiento reduce la creatividad, la atención y la capacidad de tomar decisiones.

    Y aun así seguimos tratando el ocio como si fuera un lujo o una concesión.

    Como algo que ocurre únicamente si sobra tiempo.

    Quizá por eso resulta tan interesante que la investigación reciente esté empezando a mirar el ocio no como ausencia de trabajo, sino como un recurso activo para la recuperación y el bienestar.

    El concepto de leisure crafting

    Existe un término relativamente nuevo dentro de la psicología organizacional:

    Leisure crafting.

    Podría traducirse como algo parecido a diseñar deliberadamente nuestro ocio.

    La idea es sencilla.

    No todas las actividades fuera del trabajo tienen el mismo efecto sobre nuestro bienestar.

    Y no todo el tiempo libre nos ayuda necesariamente a recuperarnos.

    La evidencia reciente sugiere que determinadas actividades de ocio pueden aumentar el engagement, reducir el agotamiento emocional y favorecer una mayor presencia en el trabajo.

    No porque trabajemos más.

    Sino porque llegamos mejor.

    No todo el ocio recupera igual

    La investigación identifica varios mecanismos especialmente relevantes.

    Desconexión psicológica

    La capacidad de dejar de pensar temporalmente en el trabajo.

    No revisar correos.

    No responder mensajes constantemente.

    No mantener una conversación mental permanente sobre tareas pendientes.

    La recuperación necesita espacios donde el trabajo deje de ocupar el centro de la atención.

    Maestría y aprendizaje

    Curiosamente, algunas actividades que requieren esfuerzo también resultan recuperadoras.

    Aprender un idioma.

    Tocar un instrumento.

    Cocinar.

    Practicar deporte.

    La sensación de progreso y competencia en ámbitos distintos al trabajo parece tener efectos positivos sobre el bienestar.

    Autonomía

    Elegir libremente qué hacemos y cómo empleamos nuestro tiempo también importa.

    No es lo mismo cumplir una obligación que participar voluntariamente en una actividad significativa para nosotros.

    Conexión social

    Las relaciones personales siguen apareciendo de forma recurrente como uno de los principales factores protectores frente al estrés y el agotamiento.

    La presencia laboral empieza antes de entrar a trabajar

    Hay una idea de toda esta literatura que me parece especialmente interesante.

    La presencia laboral no empieza cuando una persona se sienta delante del ordenador o entra por la puerta de la oficina.

    Empieza mucho antes.

    Empieza la noche anterior.

    Empieza durante el fin de semana.

    Empieza en la capacidad de desconectar.

    En la calidad del descanso.

    En las relaciones personales.

    En el tiempo disponible para recuperarse.

    Quizá por eso dos personas con el mismo puesto y las mismas condiciones laborales pueden experimentar niveles completamente distintos de agotamiento o compromiso.

    Porque el trabajo nunca ocurre aislado del resto de la vida.

    El ocio no sustituye a las buenas organizaciones

    Hay algo importante que conviene aclarar.

    La investigación también es bastante clara en esto:

    El ocio no puede compensar organizaciones disfuncionales.

    No existe suficiente mindfulness para arreglar cargas de trabajo imposibles.

    No existe suficiente deporte para solucionar culturas laborales tóxicas.

    No existe suficiente ocio para compensar la falta de autonomía o el exceso de horas.

    Las organizaciones siguen teniendo una enorme responsabilidad sobre las condiciones de trabajo que generan.

    El ocio ayuda.

    Pero no sustituye a la prevención ni a la buena gestión organizacional.

    Quizá cuidar también sea esto

    Hay una frase que llevo tiempo repitiendo:

    Cuidar también es estrategia.

    Y quizá una parte importante de ese cuidado consista precisamente en dejar de pensar que las personas son productivas a pesar de descansar.

    Tal vez sean productivas gracias a ello.

    Porque las personas no llegan cada mañana al trabajo como una hoja en blanco.

    Llegan con el resultado acumulado de cómo están viviendo fuera de él.

    Y cuanto más sabemos sobre bienestar, más evidente parece una idea bastante sencilla:

    La recuperación no es lo contrario del trabajo.

    Es parte del trabajo sostenible.

    Una pregunta para terminar

    Si el ocio influye en el bienestar, la creatividad, el engagement y la presencia laboral…

    ¿seguimos pudiendo considerarlo algo secundario?

    Quizá haya llegado el momento de empezar a tratarlo como una inversión y no como un premio.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿El coche autónomo es realmente sostenible? La pregunta no es tecnológica, sino social.

    ¿El coche autónomo es realmente sostenible? La pregunta no es tecnológica, sino social.

    Hace unos meses vi el documental HOPE.

    Recuerdo especialmente un episodio en el que aparecía el coche autónomo como una de esas tecnologías capaces de transformar profundamente nuestra forma de movernos.

    En aquel momento pensé que tardaría décadas en llegar.

    Sin embargo, la semana pasada me encontré reflexionando sobre él desde una perspectiva completamente distinta: no como una posibilidad lejana, sino como una tecnología que ya está empezando a formar parte de conversaciones empresariales, regulatorias y urbanas muy reales.

    Y entonces apareció una pregunta que me parece mucho más interesante que si el coche autónomo funciona o no:

    ¿Es realmente sostenible?

    La respuesta corta es: depende.

    La respuesta larga es mucho más interesante.

    El error de pensar que la tecnología es la solución

    Cuando hablamos de innovación solemos caer en una narrativa bastante seductora.

    Aparece una nueva tecnología.

    La tecnología resuelve un problema.

    Y el mundo mejora.

    La realidad suele ser bastante más compleja.

    La investigación sobre vehículos autónomos muestra algo curioso: los beneficios existen, pero no están garantizados.

    De hecho, el mismo coche autónomo puede contribuir a construir una ciudad más sostenible o una menos sostenible dependiendo de cómo se implemente.

    Por eso la pregunta no debería ser:

    ”¿Son buenos los coches autónomos?”

    Sino:

    ”¿Qué modelo de movilidad estamos construyendo con ellos?”

    La gran oportunidad: accesibilidad e inclusión

    Uno de los beneficios más prometedores de los vehículos autónomos es su potencial para ampliar el acceso a la movilidad.

    Hoy en día muchas personas encuentran barreras para desplazarse de forma autónoma:

    • Personas mayores.
    • Personas con diversidad funcional.
    • Personas con movilidad reducida.
    • Personas que no disponen de permiso de conducir.

    En teoría, los vehículos autónomos podrían aumentar significativamente su autonomía y acceso a oportunidades.

    Y aquí aparece una cuestión que me interesa especialmente desde la sostenibilidad social.

    La movilidad no es únicamente desplazamiento.

    Es acceso.

    Acceso al empleo.

    A la educación.

    A la salud.

    A la participación social.

    Sin embargo, la literatura también advierte de un riesgo importante.

    Si esta tecnología se desarrolla principalmente para quienes pueden permitírsela económicamente, podría aumentar las desigualdades existentes en lugar de reducirlas.

    La inclusión no depende únicamente de la innovación.

    Depende de quién puede beneficiarse de ella.

    Menos aparcamientos, más espacio para las personas

    Uno de los efectos urbanos más citados en la investigación es la posible reducción de la necesidad de aparcamiento.

    Actualmente, enormes superficies urbanas están destinadas a estacionar vehículos.

    Si los coches autónomos compartidos se generalizaran, parte de ese espacio podría reutilizarse para:

    • zonas verdes,
    • carriles bici,
    • espacios peatonales,
    • vivienda,
    • equipamientos públicos.

    Desde una perspectiva urbanística, esta posibilidad resulta enormemente atractiva.

    Pero existe una contrapartida.

    El riesgo de la expansión urbana

    La investigación coincide en señalar una preocupación recurrente.

    Si desplazarse resulta más cómodo y menos costoso en términos de tiempo percibido, las personas podrían estar dispuestas a vivir más lejos de sus lugares habituales de trabajo o actividad.

    En otras palabras:

    podríamos acabar recorriendo más kilómetros.

    Y eso tendría consecuencias importantes.

    Más dispersión urbana.

    Más dependencia de infraestructuras.

    Más consumo de suelo.

    Más presión sobre los territorios periurbanos y rurales.

    Paradójicamente, una tecnología diseñada para optimizar la movilidad podría terminar incentivando trayectos más largos.

    ¿Reducen realmente las emisiones?

    Aquí es donde las conclusiones científicas son más prudentes.

    Los vehículos autónomos pueden reducir emisiones gracias a:

    • una conducción más eficiente,
    • una mejor gestión de rutas,
    • la reducción de atascos,
    • una menor búsqueda de aparcamiento.

    Pero existe un fenómeno conocido como efecto rebote.

    Cuando algo se vuelve más fácil o más eficiente, tendemos a utilizarlo más.

    Y eso podría traducirse en:

    • más desplazamientos,
    • trayectos en vacío,
    • sustitución del transporte público,
    • abandono de modos activos como caminar o ir en bicicleta.

    Por sí solos, los vehículos autónomos no garantizan una reducción de emisiones.

    La evidencia muestra que los mayores beneficios aparecen cuando se combinan tres elementos:

    ✅ Automatización.

    ✅ Electrificación.

    ✅ Uso compartido.

    Cuando falta alguno de ellos, los resultados son mucho menos claros.

    La verdadera pregunta

    Lo que más me llama la atención de toda esta literatura es que los investigadores parecen coincidir en algo.

    No existe un único impacto del coche autónomo.

    Todo depende de las decisiones que tomemos como sociedad.

    De las políticas públicas.

    Del diseño urbano.

    De los modelos empresariales.

    De la regulación.

    Y de los incentivos que construyamos alrededor de la tecnología.

    Por eso cada vez estoy más convencida de que la sostenibilidad no consiste únicamente en desarrollar tecnologías más avanzadas.

    Consiste en decidir para qué las utilizamos.

    Una reflexión final

    Cuando pensamos en el coche autónomo es fácil imaginar sensores, algoritmos e inteligencia artificial.

    Sin embargo, quizá las preguntas más importantes sean mucho menos tecnológicas.

    ¿Quién podrá acceder a esta movilidad?

    ¿Qué ocurrirá con nuestras ciudades?

    ¿Cómo cambiarán los territorios?

    ¿Reduciremos realmente nuestro impacto ambiental?

    ¿O simplemente automatizaremos los problemas que ya tenemos?

    La tecnología puede abrir posibilidades extraordinarias.

    Pero la dirección que tomen esas posibilidades seguirá dependiendo de nosotros.

    Y quizá ahí es donde empieza la verdadera conversación sobre sostenibilidad.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿Y si el problema no fuera la despoblación? Repensando la repoblación rural desde la sostenibilidad.

    ¿Y si el problema no fuera la despoblación? Repensando la repoblación rural desde la sostenibilidad.

    Durante los últimos meses he estado trabajando junto a mis compañeros en un proyecto sobre resiliencia territorial y transición justa en entornos rurales.

    Mientras revisábamos literatura académica, políticas públicas, iniciativas de desarrollo rural y experiencias de distintos territorios, me encontré pensando una y otra vez en la misma cuestión:

    ¿Qué significa realmente repoblar un territorio?

    Porque si algo he aprendido durante este proceso es que la repoblación no consiste únicamente en conseguir que más personas vivan en un lugar.

    De hecho, muchos proyectos fracasan precisamente porque parten de esa premisa.

    La obsesión por los números

    Cuando hablamos de despoblación solemos recurrir a indicadores demográficos:

    • Número de habitantes.
    • Edad media.
    • Natalidad.
    • Migraciones.
    • Densidad poblacional.

    Todos ellos son importantes.

    El problema surge cuando confundimos los síntomas con las causas.

    Si un pueblo pierde población, la pregunta relevante no es únicamente cuántas personas se han marchado.

    La pregunta es por qué.

    ¿Por qué los jóvenes se van?

    ¿Por qué quienes se marcharon no regresan?

    ¿Por qué determinadas actividades económicas desaparecen?

    ¿Por qué algunas personas sienten que no tienen oportunidades para desarrollar su proyecto de vida allí?

    Responder a estas preguntas obliga a mirar mucho más allá de los datos demográficos.

    Los territorios no son espacios vacíos

    Existe una narrativa que aparece con frecuencia cuando se habla de la llamada España vaciada.

    Se presentan los territorios rurales como espacios vacíos que necesitan ser llenados.

    Sin embargo, los territorios no están vacíos.

    Están habitados por personas, relaciones, conocimientos, historias, conflictos, identidades y formas de organización propias.

    Cuando una intervención se centra exclusivamente en atraer nuevos habitantes sin comprender estas dinámicas, corre el riesgo de generar soluciones superficiales.

    Porque un territorio no se fortalece únicamente incorporando población.

    Se fortalece aumentando su capacidad para sostener la vida de quienes ya están allí.

    La repoblación es una consecuencia, no un objetivo

    Esta es probablemente una de las principales conclusiones a las que he llegado.

    Los proyectos de repoblación suelen plantear la llegada de nuevas personas como el objetivo final.

    Yo creo que debería ser al revés.

    La llegada de población debería entenderse como una consecuencia de haber construido un territorio más habitable, más resiliente y con mayores oportunidades.

    Cuando existen servicios básicos.

    Cuando hay espacios de participación.

    Cuando las personas sienten que pueden influir en las decisiones que afectan a su comunidad.

    Cuando hay oportunidades económicas sostenibles.

    Cuando las mujeres pueden participar en igualdad de condiciones.

    Cuando los jóvenes encuentran perspectivas de futuro.

    Cuando existe cohesión social.

    Entonces la repoblación deja de ser una campaña de captación para convertirse en un resultado natural.

    Gobernanza: la gran olvidada

    Si hay una palabra que aparece constantemente en la literatura sobre desarrollo territorial es gobernanza.

    Y, sin embargo, rara vez ocupa el centro de la conversación pública.

    Muchas estrategias de desarrollo rural se diseñan desde fuera del territorio y para el territorio.

    Pero pocas se construyen verdaderamente con el territorio.

    La gobernanza participativa no es una cuestión burocrática.

    Es la capacidad de una comunidad para organizarse, tomar decisiones colectivas, gestionar conflictos y construir consensos.

    Sin ella, cualquier iniciativa corre el riesgo de desaparecer cuando terminan los fondos o cambian los responsables políticos.

    La sostenibilidad social importa

    En sostenibilidad solemos hablar mucho de transición energética, residuos o economía circular.

    Y son temas fundamentales.

    Pero existe otra pregunta que deberíamos hacernos:

    ¿Quién participa en esa transición?

    Porque no todas las personas parten del mismo punto.

    Las desigualdades de género, la sobrecarga de cuidados, las diferencias generacionales o las barreras de acceso a recursos condicionan profundamente quién puede beneficiarse de una intervención y quién queda fuera.

    Por eso cualquier proyecto que aspire a transformar un territorio necesita incorporar una mirada social desde el principio.

    No como un complemento.

    Como una condición necesaria para que el cambio sea sostenible.

    Entonces, ¿cómo debería ser un proyecto que busque repoblar de verdad?

    Desde mi punto de vista, debería cumplir al menos cinco condiciones:

    1. Escuchar antes de intervenir.

    Comprender las necesidades, capacidades y aspiraciones del territorio.

    2. Fortalecer la capacidad de decisión local.

    No solo ejecutar proyectos, sino construir gobernanza.

    3. Generar oportunidades sostenibles.

    Más allá de subvenciones puntuales o iniciativas aisladas.

    4. Incorporar la perspectiva de género y la diversidad territorial.

    Reconociendo que no todas las personas viven el territorio de la misma manera.

    5. Pensar en décadas, no en convocatorias.

    La resiliencia territorial requiere tiempo.

    Una reflexión final

    Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo atraer más habitantes.

    Quizá la pregunta sea cómo construir territorios donde las personas quieran quedarse.

    Porque cuando un lugar ofrece oportunidades, participación, vínculos y capacidad de futuro, la repoblación deja de ser una meta perseguida artificialmente.

    Y pasa a convertirse en una consecuencia natural de un territorio vivo.

    Tal vez ahí empiece la verdadera transición justa.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • La ciudad de los 15 minutos: cuando la sostenibilidad se mide en tiempo y no en distancia.

    La ciudad de los 15 minutos: cuando la sostenibilidad se mide en tiempo y no en distancia.

    Estos días estoy leyendo varios Planes de Movilidad Urbana Sostenible (PMUS). Entre indicadores, diagnósticos y propuestas, hubo una idea que apareció repetidamente y despertó mi curiosidad: la ciudad de los 15 minutos.

    Fue precisamente revisando el PMUS de Madrid cuando decidí profundizar en este concepto impulsado por el urbanista Carlos Moreno, una propuesta que ha ganado protagonismo en los debates sobre sostenibilidad urbana durante los últimos años.

    Sin embargo, cuanto más investigaba, más evidente resultaba que estamos ante algo más complejo que una simple cuestión de movilidad.

    Estamos hablando de cómo organizamos la vida cotidiana.

    ¿Qué es exactamente la ciudad de los 15 minutos?

    La idea es sencilla: que las personas puedan satisfacer la mayoría de sus necesidades diarias a menos de 15 minutos a pie o en bicicleta desde su lugar de residencia.

    Carlos Moreno identifica seis grandes funciones urbanas que deberían estar disponibles en condiciones de proximidad:

    • Habitar.
    • Trabajar.
    • Abastecerse.
    • Cuidarse.
    • Aprender.
    • Disfrutar del ocio y la cultura.

    La imagen de una ciudad donde todo está cerca puede parecer utópica, pero en realidad recoge principios presentes desde hace décadas en el urbanismo: barrios mixtos, ciudad compacta, movilidad activa y servicios distribuidos territorialmente.

    La diferencia es que el concepto pone el foco en una variable muy concreta: el tiempo.

    Cuando el tiempo también es sostenibilidad

    Tradicionalmente hemos medido las ciudades mediante kilómetros, infraestructuras o densidad.

    La ciudad de los 15 minutos introduce otra pregunta:

    ¿Cuánto tiempo necesita una persona para desarrollar una vida cotidiana digna?

    Y aquí aparece una dimensión que me resulta especialmente interesante desde la sostenibilidad social.

    El tiempo no se distribuye de manera equitativa.

    Las personas con menores ingresos suelen dedicar más tiempo a desplazarse.

    Quienes viven en periferias alejadas tienen menor acceso a determinados servicios.

    Las tareas de cuidado recaen de forma desigual sobre mujeres y familias.

    Las personas mayores o con movilidad reducida encuentran barreras adicionales incluso cuando los servicios existen sobre el papel.

    Por eso hablar de proximidad es también hablar de justicia territorial.

    Lo que dice la investigación

    La literatura científica reciente identifica varios beneficios potenciales:

    Beneficios ambientales

    La reducción de desplazamientos motorizados contribuye a disminuir emisiones de gases de efecto invernadero, contaminación atmosférica y congestión urbana.

    Beneficios para la salud

    Caminar y utilizar la bicicleta como medio habitual favorece la actividad física cotidiana y reduce el sedentarismo.

    Beneficios sociales

    La proximidad facilita la interacción vecinal, fortalece el comercio local y mejora el acceso a servicios esenciales.

    Beneficios económicos

    Los barrios con mayor accesibilidad suelen generar economías locales más resilientes y reducir costes asociados a desplazamientos.

    Los límites del modelo

    Sin embargo, la investigación también advierte sobre algunos riesgos.

    El primero es pensar que todas las ciudades pueden aplicar el modelo exactamente igual.

    No es lo mismo un centro urbano consolidado que una periferia dispersa.

    No es lo mismo Madrid que una ciudad media o un entorno rural.

    El segundo riesgo es la gentrificación.

    Mejorar servicios, espacio público y accesibilidad puede aumentar el atractivo de determinados barrios y encarecer la vivienda, expulsando precisamente a quienes deberían beneficiarse de estas mejoras.

    Y existe una tercera cuestión que considero fundamental:

    La proximidad física no garantiza por sí sola el bienestar.

    Podemos tener una farmacia a cinco minutos y seguir encontrando barreras económicas para acceder a determinados tratamientos.

    Podemos disponer de un centro cultural cercano que no responda a las necesidades reales del barrio.

    Podemos vivir cerca de todo y sentirnos desconectados de nuestra comunidad.

    Más allá de la ciudad: una reflexión sobre los territorios

    Quizá lo más interesante de la ciudad de los 15 minutos es que nos obliga a replantear una pregunta básica:

    ¿Qué necesita una persona para desarrollar una vida plena cerca de donde vive?

    Y esa pregunta no solo sirve para las ciudades.

    También resulta especialmente relevante cuando pensamos en cohesión territorial, despoblación rural, acceso a servicios o sostenibilidad social.

    Porque, en el fondo, el objetivo no es únicamente reducir trayectos.

    Es acercar oportunidades.

    Reflexión final

    La ciudad de los 15 minutos no es una receta mágica ni un modelo universal.

    Pero sí ofrece algo valioso: una forma distinta de pensar la sostenibilidad.

    Una sostenibilidad que no se mide únicamente en toneladas de CO₂ evitadas o kilómetros de carriles bici construidos.

    Una sostenibilidad que también se mide en tiempo ganado, cuidados accesibles, servicios cercanos y calidad de vida.

    Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es si todas las ciudades pueden convertirse en ciudades de 15 minutos.

    Quizá la pregunta sea otra:

    ¿Qué tan lejos están hoy las oportunidades de las personas que las necesitan?


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • La sostenibilidad no empieza cuando te obliga una norma.

    La sostenibilidad no empieza cuando te obliga una norma.

    Durante mucho tiempo, muchas organizaciones han entendido la sostenibilidad como una cuestión de cumplimiento.
    Una especie de checklist corporativo: reportar, medir, cumplir, publicar.

    Y sí, las normativas importan. Mucho.
    La CSRD, los ESRS y todo el marco regulatorio europeo están acelerando conversaciones que eran necesarias desde hace años.

    Pero hay algo importante que creo que debemos empezar a decir más:

    La regulación no crea visión estratégica.
    La regulación llega cuando el mercado, la sociedad y el planeta ya están pidiendo cambios.

    Por eso me resonó tanto una reflexión reciente de Vivian Puerta sobre cómo muchas empresas siguen preguntándose si “la regulación obliga”. Porque, en el fondo, esa pregunta revela una forma concreta de entender la sostenibilidad: como reacción, no como dirección.

    Y ahí aparece uno de los grandes riesgos actuales.

    Cuando la sostenibilidad se convierte en un departamento aislado

    He visto organizaciones donde la sostenibilidad queda encapsulada en:

    • reporting,
    • compliance,
    • memorias,
    • indicadores,
    • comunicación corporativa.

    Mientras tanto, las decisiones importantes siguen tomándose igual que hace diez años.

    Se sigue priorizando únicamente el corto plazo.
    Se sigue tratando a las personas como recursos agotables.
    Se sigue viendo el territorio únicamente como oportunidad económica.
    Se sigue externalizando el impacto humano.

    Y entonces aparece una contradicción enorme:

    La empresa “cumple”, pero no transforma.

    Anticiparse no es postureo: es resiliencia

    Las organizaciones que realmente entienden hacia dónde va el mundo no esperan a que una ley les obligue a actuar.

    Empiezan antes porque comprenden algo fundamental:

    La sostenibilidad afecta directamente a la viabilidad futura de cualquier organización.

    Afecta a:

    • la reputación,
    • la atracción de talento,
    • la relación con clientes,
    • el acceso a financiación,
    • la capacidad de adaptación,
    • la confianza social,
    • y la resiliencia frente a crisis.

    Por eso, cuando una empresa integra la sostenibilidad de forma estratégica, deja de verla como gasto y empieza a verla como infraestructura de futuro.

    El problema de reaccionar siempre tarde

    Cuando una organización actúa únicamente porque “toca”, normalmente ocurre una de estas dos cosas:

    1. Corre deprisa y mal

    Se implementan procesos sin reflexión profunda.
    Se externaliza todo.
    Se copia lo que hacen otras empresas.
    Se trabaja desde la urgencia.

    Y eso suele generar fatiga interna, incoherencia y poca integración real.

    2. La sostenibilidad se convierte en marketing

    Se habla mucho de impacto positivo mientras:

    • las dinámicas internas siguen siendo tóxicas,
    • no existe escucha real,
    • o el modelo de negocio continúa generando impactos difíciles de justificar.

    Ahí aparece el famoso greenwashing.
    Y también algo de lo que se habla menos: el “social washing”.

    Entonces, ¿qué sería una estrategia de sostenibilidad real?

    Para mí, empieza cuando una organización se hace preguntas incómodas antes de que alguien se las exija.

    Preguntas como:

    • ¿Qué impactos estamos generando realmente?
    • ¿Qué dinámicas internas estamos normalizando?
    • ¿Qué tipo de cultura sostenemos?
    • ¿Cómo afecta nuestra actividad al territorio?
    • ¿Qué riesgos humanos estamos ignorando?
    • ¿Qué mundo estamos ayudando a construir?

    Porque la sostenibilidad no consiste únicamente en adaptarse a la normativa.
    Consiste en desarrollar capacidad de anticipación, responsabilidad y coherencia.

    La sostenibilidad como ventaja competitiva (de verdad)

    Las empresas que entienden esto suelen tener algo en común:

    No trabajan la sostenibilidad únicamente desde el miedo regulatorio.
    La trabajan desde visión de largo plazo.

    Y eso cambia completamente la conversación.

    Porque ya no se trata solo de:

    • “qué debemos reportar”,
    • sino de:
    • “qué tipo de organización queremos ser”.

    Ahí es donde la sostenibilidad deja de ser cosmética y empieza a convertirse en estrategia.

    Y probablemente ese sea uno de los grandes retos de los próximos años:
    dejar de hablar únicamente de cumplimiento y empezar a hablar más de transformación real.

    Porque cumplir una norma puede ayudarte a evitar sanciones.

    Pero construir organizaciones sostenibles de verdad puede ayudarte a seguir teniendo futuro.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ESG y aversión al cambio: por qué la sostenibilidad también necesita psicología.

    ESG y aversión al cambio: por qué la sostenibilidad también necesita psicología.

    Introducción

    Hablar de sostenibilidad en las organizaciones suele llevarnos rápidamente a conceptos como indicadores ESG, reporting, reducción de emisiones, economía circular, cumplimiento normativo o medición de impacto. Todos ellos son necesarios. Sin embargo, existe una dimensión que muchas veces queda en segundo plano: la forma en que las personas viven, interpretan y sostienen esos cambios dentro de la empresa.

    Porque una estrategia ESG no se implementa en abstracto. Se implementa en equipos concretos, con hábitos ya establecidos, cargas de trabajo, miedos, resistencias, motivaciones y formas de relacionarse con la organización.

    Por eso, cuando hablamos de aversión al cambio en ESG, no estamos hablando únicamente de una barrera cultural difusa. Estamos hablando de procesos psicológicos, sociales y organizacionales que pueden facilitar o dificultar que la sostenibilidad pase del discurso a la práctica.

    Y aquí los perfiles que combinan formación en sostenibilidad con conocimientos en psicología pueden aportar una mirada especialmente valiosa.

    La sostenibilidad no se integra solo con indicadores

    Durante los últimos años, el ESG se ha consolidado como un marco clave para evaluar el desempeño ambiental, social y de gobernanza de las organizaciones. Cada vez más empresas trabajan en planes de sostenibilidad, informes no financieros, estrategias climáticas, políticas de diversidad, códigos éticos o modelos de gobernanza responsable.

    Sin embargo, tener una estrategia no significa necesariamente haberla integrado.

    Una organización puede disponer de objetivos ambientales ambiciosos y, aun así, encontrar dificultades para que sus equipos modifiquen prácticas cotidianas. Puede aprobar una política interna de sostenibilidad y, al mismo tiempo, generar desconexión si las personas no comprenden para qué sirve, cómo les afecta o qué papel tienen en ella.

    Esto es especialmente relevante porque muchas prácticas ESG requieren cambios reales en el comportamiento organizacional. Separar residuos, optimizar consumos, reducir desplazamientos, adoptar nuevas tecnologías, incorporar criterios de sostenibilidad en compras, revisar procesos de gobernanza o transformar la cultura interna no son acciones meramente técnicas. Implican nuevas rutinas, nuevas prioridades y nuevas formas de tomar decisiones.

    Por eso, la pregunta no debería ser solo: “¿Qué estrategia ESG necesita esta empresa?”

    También deberíamos preguntarnos: “¿Qué condiciones humanas y organizacionales necesita esta empresa para poder sostener esa estrategia?”

    Qué es la aversión al cambio en ESG

    La aversión al cambio es la tendencia a resistirse, evitar o mostrar incomodidad ante transformaciones que alteran lo conocido. En el contexto ESG, puede aparecer cuando la sostenibilidad deja de ser una declaración corporativa y empieza a modificar procesos, responsabilidades y hábitos cotidianos.

    No siempre se expresa como oposición directa. De hecho, muchas veces aparece de formas más sutiles:

    • cumplimiento mínimo de nuevas prácticas;
    • falta de participación en iniciativas internas;
    • desconfianza hacia los objetivos de sostenibilidad;
    • sensación de que “esto viene de arriba”;
    • fatiga ante nuevas políticas corporativas;
    • miedo a no saber adaptarse;
    • desconexión entre el discurso estratégico y el día a día del equipo.

    En estos casos, la resistencia no debería interpretarse automáticamente como falta de compromiso. A menudo es información. Nos muestra que algo no está siendo comprendido, escuchado, acompañado o traducido adecuadamente.

    Una empresa puede decir que quiere transformar su modelo hacia la sostenibilidad, pero si sus empleados/as perciben el cambio como una carga adicional, una amenaza a su forma de trabajar o una moda corporativa sin coherencia interna, la implementación será débil.

    Por qué la psicología importa en la implementación ESG

    Existe una idea bastante reducida de lo que aporta la psicología al mundo profesional. Muchas personas la asocian casi exclusivamente con la psicoterapia o con la gestión emocional. Sin embargo, la formación psicológica incluye áreas como análisis de datos, neurociencia, biología, procesos cognitivos, aprendizaje, motivación, conducta, percepción del riesgo, toma de decisiones, dinámicas grupales y cambio organizacional.

    Todas estas áreas son profundamente relevantes para la sostenibilidad.

    La sostenibilidad necesita datos, pero también necesita comprender cómo las personas procesan esos datos. Necesita objetivos, pero también motivación para alcanzarlos. Necesita gobernanza, pero también confianza. Necesita políticas ambientales, pero también hábitos cotidianos que las hagan posibles.

    Por ejemplo, muchas prácticas ambientales no fracasan porque estén mal diseñadas técnicamente, sino porque no se han trabajado bien los aspectos psicológicos que condicionan su adopción. Si una persona no entiende el sentido del cambio, no confía en quien lo lidera o siente que no tiene capacidad para aplicarlo, es probable que lo viva como una imposición.

    Aquí entran en juego factores como:

    • la percepción de amenaza;
    • la sensación de control;
    • la confianza en la organización;
    • la claridad del propósito;
    • los sesgos cognitivos;
    • la motivación;
    • la seguridad psicológica;
    • la capacidad de aprendizaje;
    • la experiencia previa con otros cambios fallidos.

    Por eso, los perfiles ESG con background en psicología no solo aportan sensibilidad social. También aportan herramientas para comprender cómo se comportan las personas ante el cambio y cómo diseñar procesos de implementación más realistas, humanos y sostenibles.

    ESG no es solo la “S”: también hay psicología en la “E” y en la “G”

    Una de las razones por las que es importante ampliar esta conversación es que, muchas veces, cuando una profesional de sostenibilidad viene de la psicología, se la encasilla automáticamente en la dimensión social del ESG.

    Y sí: la “S” es fundamental. La sostenibilidad social, el bienestar laboral, la inclusión, la equidad, los derechos humanos y la cohesión organizacional requieren una mirada profunda sobre las personas.

    Pero la psicología también es clave en la “E” y en la “G”.

    En la dimensión ambiental, muchas medidas dependen del cambio de hábitos, la percepción del riesgo, la adopción de nuevas tecnologías, la cooperación entre departamentos o la capacidad de modificar rutinas operativas. La transición ecológica dentro de una empresa no ocurre solo porque exista una política ambiental; ocurre cuando las personas pueden traducirla en acciones concretas.

    En la dimensión de gobernanza, la psicología también aparece en la toma de decisiones, la ética, la transparencia, la gestión de conflictos, los sesgos, las dinámicas de poder y la confianza institucional. Una buena gobernanza no es únicamente un conjunto de normas. También es una cultura de responsabilidad compartida.

    Por eso, integrar psicología y ESG no significa “humanizar” solo la parte social. Significa entender que toda transformación sostenible es también una transformación conductual, cultural y organizacional.

    Cómo integrar a los/as empleados/as en la estrategia de sostenibilidad

    Una estrategia ESG será más sólida si las personas que deben implementarla sienten que forman parte del proceso. Esto no significa que todas las decisiones deban tomarse por consenso absoluto, pero sí que la organización debe crear espacios reales de escucha, participación y aprendizaje.

    Integrar a los empleados/as en la estrategia de sostenibilidad implica pasar de una lógica de instrucción a una lógica de apropiación.

    No basta con comunicar objetivos. Hay que explicar el sentido del cambio.

    No basta con formar en nuevas prácticas. Hay que comprender las barreras que dificultan aplicarlas.

    No basta con pedir compromiso. Hay que generar condiciones para que ese compromiso sea posible.

    Algunas claves para lograrlo son:

    1. Escuchar antes de implementar

    La escucha es una herramienta estratégica. Permite identificar miedos, resistencias, conocimientos previos, hábitos existentes y posibles barreras operativas. Además, ayuda a que las personas no perciban la sostenibilidad como algo impuesto desde arriba, sino como un proceso en el que su experiencia cuenta.

    Preguntas útiles podrían ser:

    ¿Qué prácticas sostenibles ya existen en el equipo, aunque no se nombren como ESG?
    ¿Qué dificultades encuentran para aplicar nuevas medidas?
    ¿Qué necesitarían para sentirse parte de la estrategia?
    ¿Qué les preocupa del cambio?
    ¿Qué contradicciones perciben entre el discurso y la práctica?

    Escuchar no significa paralizar la acción. Significa diseñar mejor.

    2. Traducir la estrategia al día a día

    Uno de los grandes retos del ESG es la distancia entre el lenguaje estratégico y la realidad cotidiana de los equipos. Conceptos como descarbonización, economía circular, debida diligencia, doble materialidad o gobernanza ética pueden resultar lejanos si no se traducen a decisiones concretas.

    Cada departamento necesita comprender qué significa la sostenibilidad en su contexto específico.

    Para compras, puede implicar criterios responsables en la selección de proveedores.
    Para operaciones, puede implicar eficiencia en recursos y reducción de residuos.
    Para recursos humanos, puede implicar bienestar, diversidad y formación.
    Para dirección, puede implicar coherencia, transparencia y toma de decisiones responsable.

    La sostenibilidad se vuelve más integrable cuando deja de ser un gran concepto corporativo y se convierte en una práctica situada.

    3. Formar sin culpabilizar

    La formación es esencial, pero debe diseñarse desde la empatía. Muchas personas no se resisten al ESG porque no les importe, sino porque no saben cómo aplicarlo, no entienden su relación con su trabajo o sienten que se les exige algo para lo que no han sido preparadas.

    Una formación eficaz no debería infantilizar ni culpabilizar. Debería ofrecer claridad, contexto, herramientas y espacio para preguntar.

    Esto es especialmente importante en sostenibilidad, donde los cambios pueden activar sensación de incoherencia, miedo a hacerlo mal o saturación ante la complejidad del tema.

    4. Crear seguridad psicológica

    La seguridad psicológica permite que las personas puedan expresar dudas, reconocer errores, proponer mejoras y participar sin miedo a ser juzgadas. En procesos ESG, esta seguridad es clave.

    Si los empleados/as sienten que cualquier pregunta será interpretada como falta de compromiso, probablemente callarán. Si sienten que señalar incoherencias internas puede tener consecuencias negativas, probablemente no hablarán. Y si no hablan, la organización pierde información valiosa para mejorar.

    Una cultura ESG madura no necesita empleados/as que repitan el discurso oficial. Necesita personas que puedan participar de forma honesta en la transformación.

    5. Reconocer la incomodidad del cambio

    Todo cambio real genera cierto nivel de incomodidad. La clave no está en negar esa incomodidad, sino en sostenerla de forma adecuada.

    Adoptar criterios ESG puede implicar dejar de hacer cosas que antes funcionaban, revisar decisiones pasadas, asumir contradicciones o modificar prioridades. Esto puede generar tensión, especialmente si los equipos ya están sobrecargados.

    Por eso, liderar la sostenibilidad también implica reconocer el esfuerzo emocional y organizacional que supone cambiar. No para frenar el proceso, sino para acompañarlo mejor.

    De la resistencia a la apropiación

    Cuando una organización gestiona bien la aversión al cambio, la sostenibilidad deja de ser una exigencia externa y empieza a convertirse en cultura interna.

    Esto ocurre cuando los empleados/as comprenden el sentido de la estrategia, ven coherencia en el liderazgo, cuentan con recursos para actuar y sienten que su experiencia importa.

    La apropiación no se consigue solo con campañas internas. Se construye mediante confianza, participación, formación, escucha y coherencia.

    En este sentido, el ESG necesita una mirada más amplia que combine lo técnico y lo psicológico. Porque los indicadores nos dicen qué medir, pero las personas hacen posible que esos indicadores representen cambios reales.

    Conclusión: cuidar el cambio también es estrategia

    La aversión al cambio no es un obstáculo menor en la implementación ESG. Es una señal de que la sostenibilidad no puede abordarse únicamente desde el cumplimiento, la comunicación o el reporting.

    Si una empresa quiere integrar la sostenibilidad en profundidad, necesita atender a las personas que tendrán que convertir esa estrategia en práctica cotidiana.

    Eso implica escuchar, formar, acompañar, sostener dudas, reducir incertidumbre y crear espacios donde los empleados/as puedan participar sin miedo.

    Los perfiles que combinan sostenibilidad y psicología pueden aportar mucho en este punto: una mirada capaz de leer tanto los sistemas como las conductas, tanto los indicadores como las emociones, tanto la estrategia como la cultura.

    Porque no hay transición sostenible sin transformación humana.

    Cuidar también es estrategia cuando entendemos que ningún cambio ESG será sólido si las personas que deben implementarlo se sienten fuera de la conversación.

    Pregunta final

    ¿Estamos diseñando estrategias ESG solo para cumplir objetivos o también para que las personas puedan hacerlas suyas?

    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿Qué es la línea de base social y por qué es clave en sostenibilidad (ESG)?

    ¿Qué es la línea de base social y por qué es clave en sostenibilidad (ESG)?

    Si trabajas en sostenibilidad, ESG o desarrollo de proyectos, probablemente hayas oído hablar de indicadores, impacto o reporting.

    Pero hay una pregunta previa que muchas veces no se hace:

    ¿desde dónde estamos partiendo?

    Ahí es donde entra la línea de base social.
    Y sin ella, todo lo demás pierde sentido.


    Qué es la línea de base social (explicado fácil)

    La línea de base social es el análisis de la situación social inicial de un territorio, organización o comunidad antes de intervenir.

    Es, literalmente, una “foto” del punto de partida.

    Sirve para:

    • entender el contexto real
    • identificar a quién afecta un proyecto
    • detectar vulnerabilidades
    • diseñar acciones más ajustadas
    • medir si el impacto mejora o empeora la situación

    Sin esta referencia, hablar de impacto es… bastante relativo.


    El gran problema: actuar sin entender

    Uno de los errores más comunes en sostenibilidad es este:

    👉 diseñar proyectos sin conocer el contexto social

    Esto genera:

    • soluciones que no encajan con la realidad
    • medidas que no funcionan
    • impactos negativos no previstos
    • rechazo por parte de la comunidad

    Y, en el peor de los casos, intervenciones que empeoran la situación que querían mejorar.


    Qué incluye una línea de base social

    No se trata solo de recopilar datos.
    Se trata de entender cómo vive la gente.

    Una línea de base social suele incluir:

    • condiciones de vida
    • acceso a servicios (salud, educación, transporte)
    • empleo y economía local
    • desigualdades (género, edad, territorio)
    • salud y bienestar
    • redes comunitarias
    • participación en la toma de decisiones

    Es decir, todo aquello que configura el día a día de las personas.


    La línea de base social en ESG

    Dentro del marco ESG, la dimensión social es la más difusa…
    y, a la vez, la más crítica.

    Aquí la línea de base se traduce en aspectos como:

    • condiciones laborales
    • derechos humanos
    • seguridad y salud
    • diversidad e inclusión
    • relación con comunidades
    • impacto social de productos y servicios

    Muchos ratings ESG convierten estos elementos en indicadores cuantitativos, que funcionan como una línea de base para comparar empresas y evaluar su evolución.

    Pero hay un matiz importante:

    👉 medir no es lo mismo que entender

    Y sin comprensión, el riesgo de greenwashing (o “social washing”) es muy alto.


    La línea de base social en transición justa

    En proyectos de transición ecológica o territorial, este concepto es todavía más relevante.

    Porque no todas las personas parten del mismo lugar.

    Hay territorios con:

    • menos acceso a servicios
    • economías más frágiles
    • mayor envejecimiento
    • más dependencia de ciertos sectores

    La línea de base social permite responder a una pregunta clave:

    👉 ¿este cambio reduce desigualdades… o las está aumentando?

    Sin esa referencia, es imposible hablar de transición justa.


    No es solo técnica: es una forma de mirar

    Aquí está lo importante.

    La línea de base social no es solo un requisito técnico en un informe.

    Es una forma de trabajar:

    • observar antes de actuar
    • escuchar antes de decidir
    • preguntar antes de diseñar

    Es, en el fondo, una forma de respeto.


    Y entonces… ¿por qué no se hace más?

    Porque requiere tiempo.
    Porque no siempre encaja con los ritmos de negocio.
    Porque no da resultados inmediatos.

    Pero también porque implica algo incómodo:

    👉 aceptar que no tenemos todas las respuestas desde el inicio


    Cuidar también es estrategia

    Trabajar con línea de base social no es “añadir complejidad”.

    Es evitar errores.

    Es diseñar mejor.
    Es generar impacto real.
    Es sostener en el tiempo.

    Porque si no entiendes el contexto…

    no estás haciendo estrategia.
 Estás improvisando.


    Si estás trabajando en ESG, sostenibilidad o desarrollo de proyectos, te dejo una pregunta:

    👉 ¿estás midiendo impacto… o entendiendo realmente de dónde partes?


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Tradiciones y salud mental: cuándo sostienen… y cuándo pesan (y qué podemos hacer con ello).

    Tradiciones y salud mental: cuándo sostienen… y cuándo pesan (y qué podemos hacer con ello).

    Introducción

    Hay algo curioso con las tradiciones.

    Las defendemos.
    Las repetimos.
    Las heredamos.

    Pero pocas veces nos preguntamos:

    👉 ¿Cómo impactan realmente en nuestra salud mental?

    Porque no todas las tradiciones cuidan.
    Y no todas hacen daño.

    La diferencia está en algo mucho más importante:
    cómo se viven, quién decide sobre ellas y qué lugar ocupas dentro de ellas.


    1. Tradiciones que sostienen: comunidad, identidad y regulación

    La investigación es bastante clara en algo:

    👉 Las tradiciones pueden ser profundamente protectoras.

    Especialmente cuando activan tres cosas:

    1. Sentido de pertenencia
    Rituales culturales y comunitarios (festivos, religiosos, familiares) reducen la soledad, el estrés y la ansiedad.

    2. Identidad
    Sentirse conectado con tu cultura mejora el bienestar psicológico y reduce síntomas depresivos.

    3. Apoyo social
    Las tradiciones crean red. Y la red regula.

    No es solo “hacer cosas juntos”.
    Es sentir que hay un lugar para ti.


    2. Tradiciones que pesan: cuando el cuidado se convierte en presión

    Pero aquí viene la parte incómoda:

    👉 No todas las tradiciones son neutras.

    Algunas:

    – refuerzan desigualdades
    – limitan la autonomía
    – generan culpa o exigencia
    – sostienen dinámicas que ya no funcionan

    Ejemplo claro:

    Roles de género tradicionales
    → pueden dar estructura
    → pero también generar más estrés, menos bienestar y mayor carga invisible (especialmente en mujeres)

    O prácticas que directamente vulneran derechos.

    Aquí ya no hablamos de identidad.
    Hablamos de poder.


    3. El punto clave: no es la tradición, es la relación con ella

    Las tradiciones no son “buenas” ni “malas”.

    👉 Son sistemas.

    Y como cualquier sistema, pueden:

    ✔ sostener
    ✔ o desregular

    Todo depende de:

    – si puedes elegir
    – si puedes cuestionar
    – si puedes adaptarlas
    – si te incluyen o te limitan


    4. Tradición y sostenibilidad social: una conversación pendiente

    Aquí es donde se conecta con algo que me interesa especialmente:

    👉 la sostenibilidad social

    Porque hablamos mucho de innovación, de futuro, de cambio…

    pero poco de lo que ya existe.

    Las tradiciones son parte del tejido social.
    Y ese tejido:

    – puede fortalecer comunidades
    – o puede rigidizarlas

    Si queremos construir organizaciones, territorios y culturas sostenibles,
    tenemos que ser capaces de hacer algo muy concreto:

    👉 no romper con todo… pero tampoco sostenerlo todo sin cuestionarlo


    5. Entonces, ¿qué hacemos con las tradiciones?

    No se trata de eliminarlas.
    Ni de idealizarlas.

    Se trata de:

    – entenderlas
    – revisarlas
    – adaptarlas

    Y, sobre todo, preguntarnos:

    👉 ¿Esto cuida… o solo se ha hecho siempre así?


    Cierre

    Las tradiciones no son el problema.

    El problema es cuando dejamos de mirarlas.

    Porque lo que no se revisa,
    se repite.

    Y no todo lo que se repite… sostiene.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG