Autor: Nerea Liarte

  • ESG y aversión al cambio: por qué la sostenibilidad también necesita psicología.

    ESG y aversión al cambio: por qué la sostenibilidad también necesita psicología.

    Introducción

    Hablar de sostenibilidad en las organizaciones suele llevarnos rápidamente a conceptos como indicadores ESG, reporting, reducción de emisiones, economía circular, cumplimiento normativo o medición de impacto. Todos ellos son necesarios. Sin embargo, existe una dimensión que muchas veces queda en segundo plano: la forma en que las personas viven, interpretan y sostienen esos cambios dentro de la empresa.

    Porque una estrategia ESG no se implementa en abstracto. Se implementa en equipos concretos, con hábitos ya establecidos, cargas de trabajo, miedos, resistencias, motivaciones y formas de relacionarse con la organización.

    Por eso, cuando hablamos de aversión al cambio en ESG, no estamos hablando únicamente de una barrera cultural difusa. Estamos hablando de procesos psicológicos, sociales y organizacionales que pueden facilitar o dificultar que la sostenibilidad pase del discurso a la práctica.

    Y aquí los perfiles que combinan formación en sostenibilidad con conocimientos en psicología pueden aportar una mirada especialmente valiosa.

    La sostenibilidad no se integra solo con indicadores

    Durante los últimos años, el ESG se ha consolidado como un marco clave para evaluar el desempeño ambiental, social y de gobernanza de las organizaciones. Cada vez más empresas trabajan en planes de sostenibilidad, informes no financieros, estrategias climáticas, políticas de diversidad, códigos éticos o modelos de gobernanza responsable.

    Sin embargo, tener una estrategia no significa necesariamente haberla integrado.

    Una organización puede disponer de objetivos ambientales ambiciosos y, aun así, encontrar dificultades para que sus equipos modifiquen prácticas cotidianas. Puede aprobar una política interna de sostenibilidad y, al mismo tiempo, generar desconexión si las personas no comprenden para qué sirve, cómo les afecta o qué papel tienen en ella.

    Esto es especialmente relevante porque muchas prácticas ESG requieren cambios reales en el comportamiento organizacional. Separar residuos, optimizar consumos, reducir desplazamientos, adoptar nuevas tecnologías, incorporar criterios de sostenibilidad en compras, revisar procesos de gobernanza o transformar la cultura interna no son acciones meramente técnicas. Implican nuevas rutinas, nuevas prioridades y nuevas formas de tomar decisiones.

    Por eso, la pregunta no debería ser solo: “¿Qué estrategia ESG necesita esta empresa?”

    También deberíamos preguntarnos: “¿Qué condiciones humanas y organizacionales necesita esta empresa para poder sostener esa estrategia?”

    Qué es la aversión al cambio en ESG

    La aversión al cambio es la tendencia a resistirse, evitar o mostrar incomodidad ante transformaciones que alteran lo conocido. En el contexto ESG, puede aparecer cuando la sostenibilidad deja de ser una declaración corporativa y empieza a modificar procesos, responsabilidades y hábitos cotidianos.

    No siempre se expresa como oposición directa. De hecho, muchas veces aparece de formas más sutiles:

    • cumplimiento mínimo de nuevas prácticas;
    • falta de participación en iniciativas internas;
    • desconfianza hacia los objetivos de sostenibilidad;
    • sensación de que “esto viene de arriba”;
    • fatiga ante nuevas políticas corporativas;
    • miedo a no saber adaptarse;
    • desconexión entre el discurso estratégico y el día a día del equipo.

    En estos casos, la resistencia no debería interpretarse automáticamente como falta de compromiso. A menudo es información. Nos muestra que algo no está siendo comprendido, escuchado, acompañado o traducido adecuadamente.

    Una empresa puede decir que quiere transformar su modelo hacia la sostenibilidad, pero si sus empleados/as perciben el cambio como una carga adicional, una amenaza a su forma de trabajar o una moda corporativa sin coherencia interna, la implementación será débil.

    Por qué la psicología importa en la implementación ESG

    Existe una idea bastante reducida de lo que aporta la psicología al mundo profesional. Muchas personas la asocian casi exclusivamente con la psicoterapia o con la gestión emocional. Sin embargo, la formación psicológica incluye áreas como análisis de datos, neurociencia, biología, procesos cognitivos, aprendizaje, motivación, conducta, percepción del riesgo, toma de decisiones, dinámicas grupales y cambio organizacional.

    Todas estas áreas son profundamente relevantes para la sostenibilidad.

    La sostenibilidad necesita datos, pero también necesita comprender cómo las personas procesan esos datos. Necesita objetivos, pero también motivación para alcanzarlos. Necesita gobernanza, pero también confianza. Necesita políticas ambientales, pero también hábitos cotidianos que las hagan posibles.

    Por ejemplo, muchas prácticas ambientales no fracasan porque estén mal diseñadas técnicamente, sino porque no se han trabajado bien los aspectos psicológicos que condicionan su adopción. Si una persona no entiende el sentido del cambio, no confía en quien lo lidera o siente que no tiene capacidad para aplicarlo, es probable que lo viva como una imposición.

    Aquí entran en juego factores como:

    • la percepción de amenaza;
    • la sensación de control;
    • la confianza en la organización;
    • la claridad del propósito;
    • los sesgos cognitivos;
    • la motivación;
    • la seguridad psicológica;
    • la capacidad de aprendizaje;
    • la experiencia previa con otros cambios fallidos.

    Por eso, los perfiles ESG con background en psicología no solo aportan sensibilidad social. También aportan herramientas para comprender cómo se comportan las personas ante el cambio y cómo diseñar procesos de implementación más realistas, humanos y sostenibles.

    ESG no es solo la “S”: también hay psicología en la “E” y en la “G”

    Una de las razones por las que es importante ampliar esta conversación es que, muchas veces, cuando una profesional de sostenibilidad viene de la psicología, se la encasilla automáticamente en la dimensión social del ESG.

    Y sí: la “S” es fundamental. La sostenibilidad social, el bienestar laboral, la inclusión, la equidad, los derechos humanos y la cohesión organizacional requieren una mirada profunda sobre las personas.

    Pero la psicología también es clave en la “E” y en la “G”.

    En la dimensión ambiental, muchas medidas dependen del cambio de hábitos, la percepción del riesgo, la adopción de nuevas tecnologías, la cooperación entre departamentos o la capacidad de modificar rutinas operativas. La transición ecológica dentro de una empresa no ocurre solo porque exista una política ambiental; ocurre cuando las personas pueden traducirla en acciones concretas.

    En la dimensión de gobernanza, la psicología también aparece en la toma de decisiones, la ética, la transparencia, la gestión de conflictos, los sesgos, las dinámicas de poder y la confianza institucional. Una buena gobernanza no es únicamente un conjunto de normas. También es una cultura de responsabilidad compartida.

    Por eso, integrar psicología y ESG no significa “humanizar” solo la parte social. Significa entender que toda transformación sostenible es también una transformación conductual, cultural y organizacional.

    Cómo integrar a los/as empleados/as en la estrategia de sostenibilidad

    Una estrategia ESG será más sólida si las personas que deben implementarla sienten que forman parte del proceso. Esto no significa que todas las decisiones deban tomarse por consenso absoluto, pero sí que la organización debe crear espacios reales de escucha, participación y aprendizaje.

    Integrar a los empleados/as en la estrategia de sostenibilidad implica pasar de una lógica de instrucción a una lógica de apropiación.

    No basta con comunicar objetivos. Hay que explicar el sentido del cambio.

    No basta con formar en nuevas prácticas. Hay que comprender las barreras que dificultan aplicarlas.

    No basta con pedir compromiso. Hay que generar condiciones para que ese compromiso sea posible.

    Algunas claves para lograrlo son:

    1. Escuchar antes de implementar

    La escucha es una herramienta estratégica. Permite identificar miedos, resistencias, conocimientos previos, hábitos existentes y posibles barreras operativas. Además, ayuda a que las personas no perciban la sostenibilidad como algo impuesto desde arriba, sino como un proceso en el que su experiencia cuenta.

    Preguntas útiles podrían ser:

    ¿Qué prácticas sostenibles ya existen en el equipo, aunque no se nombren como ESG?
    ¿Qué dificultades encuentran para aplicar nuevas medidas?
    ¿Qué necesitarían para sentirse parte de la estrategia?
    ¿Qué les preocupa del cambio?
    ¿Qué contradicciones perciben entre el discurso y la práctica?

    Escuchar no significa paralizar la acción. Significa diseñar mejor.

    2. Traducir la estrategia al día a día

    Uno de los grandes retos del ESG es la distancia entre el lenguaje estratégico y la realidad cotidiana de los equipos. Conceptos como descarbonización, economía circular, debida diligencia, doble materialidad o gobernanza ética pueden resultar lejanos si no se traducen a decisiones concretas.

    Cada departamento necesita comprender qué significa la sostenibilidad en su contexto específico.

    Para compras, puede implicar criterios responsables en la selección de proveedores.
    Para operaciones, puede implicar eficiencia en recursos y reducción de residuos.
    Para recursos humanos, puede implicar bienestar, diversidad y formación.
    Para dirección, puede implicar coherencia, transparencia y toma de decisiones responsable.

    La sostenibilidad se vuelve más integrable cuando deja de ser un gran concepto corporativo y se convierte en una práctica situada.

    3. Formar sin culpabilizar

    La formación es esencial, pero debe diseñarse desde la empatía. Muchas personas no se resisten al ESG porque no les importe, sino porque no saben cómo aplicarlo, no entienden su relación con su trabajo o sienten que se les exige algo para lo que no han sido preparadas.

    Una formación eficaz no debería infantilizar ni culpabilizar. Debería ofrecer claridad, contexto, herramientas y espacio para preguntar.

    Esto es especialmente importante en sostenibilidad, donde los cambios pueden activar sensación de incoherencia, miedo a hacerlo mal o saturación ante la complejidad del tema.

    4. Crear seguridad psicológica

    La seguridad psicológica permite que las personas puedan expresar dudas, reconocer errores, proponer mejoras y participar sin miedo a ser juzgadas. En procesos ESG, esta seguridad es clave.

    Si los empleados/as sienten que cualquier pregunta será interpretada como falta de compromiso, probablemente callarán. Si sienten que señalar incoherencias internas puede tener consecuencias negativas, probablemente no hablarán. Y si no hablan, la organización pierde información valiosa para mejorar.

    Una cultura ESG madura no necesita empleados/as que repitan el discurso oficial. Necesita personas que puedan participar de forma honesta en la transformación.

    5. Reconocer la incomodidad del cambio

    Todo cambio real genera cierto nivel de incomodidad. La clave no está en negar esa incomodidad, sino en sostenerla de forma adecuada.

    Adoptar criterios ESG puede implicar dejar de hacer cosas que antes funcionaban, revisar decisiones pasadas, asumir contradicciones o modificar prioridades. Esto puede generar tensión, especialmente si los equipos ya están sobrecargados.

    Por eso, liderar la sostenibilidad también implica reconocer el esfuerzo emocional y organizacional que supone cambiar. No para frenar el proceso, sino para acompañarlo mejor.

    De la resistencia a la apropiación

    Cuando una organización gestiona bien la aversión al cambio, la sostenibilidad deja de ser una exigencia externa y empieza a convertirse en cultura interna.

    Esto ocurre cuando los empleados/as comprenden el sentido de la estrategia, ven coherencia en el liderazgo, cuentan con recursos para actuar y sienten que su experiencia importa.

    La apropiación no se consigue solo con campañas internas. Se construye mediante confianza, participación, formación, escucha y coherencia.

    En este sentido, el ESG necesita una mirada más amplia que combine lo técnico y lo psicológico. Porque los indicadores nos dicen qué medir, pero las personas hacen posible que esos indicadores representen cambios reales.

    Conclusión: cuidar el cambio también es estrategia

    La aversión al cambio no es un obstáculo menor en la implementación ESG. Es una señal de que la sostenibilidad no puede abordarse únicamente desde el cumplimiento, la comunicación o el reporting.

    Si una empresa quiere integrar la sostenibilidad en profundidad, necesita atender a las personas que tendrán que convertir esa estrategia en práctica cotidiana.

    Eso implica escuchar, formar, acompañar, sostener dudas, reducir incertidumbre y crear espacios donde los empleados/as puedan participar sin miedo.

    Los perfiles que combinan sostenibilidad y psicología pueden aportar mucho en este punto: una mirada capaz de leer tanto los sistemas como las conductas, tanto los indicadores como las emociones, tanto la estrategia como la cultura.

    Porque no hay transición sostenible sin transformación humana.

    Cuidar también es estrategia cuando entendemos que ningún cambio ESG será sólido si las personas que deben implementarlo se sienten fuera de la conversación.

    Pregunta final

    ¿Estamos diseñando estrategias ESG solo para cumplir objetivos o también para que las personas puedan hacerlas suyas?

    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • ¿Qué es la línea de base social y por qué es clave en sostenibilidad (ESG)?

    ¿Qué es la línea de base social y por qué es clave en sostenibilidad (ESG)?

    Si trabajas en sostenibilidad, ESG o desarrollo de proyectos, probablemente hayas oído hablar de indicadores, impacto o reporting.

    Pero hay una pregunta previa que muchas veces no se hace:

    ¿desde dónde estamos partiendo?

    Ahí es donde entra la línea de base social.
    Y sin ella, todo lo demás pierde sentido.


    Qué es la línea de base social (explicado fácil)

    La línea de base social es el análisis de la situación social inicial de un territorio, organización o comunidad antes de intervenir.

    Es, literalmente, una “foto” del punto de partida.

    Sirve para:

    • entender el contexto real
    • identificar a quién afecta un proyecto
    • detectar vulnerabilidades
    • diseñar acciones más ajustadas
    • medir si el impacto mejora o empeora la situación

    Sin esta referencia, hablar de impacto es… bastante relativo.


    El gran problema: actuar sin entender

    Uno de los errores más comunes en sostenibilidad es este:

    👉 diseñar proyectos sin conocer el contexto social

    Esto genera:

    • soluciones que no encajan con la realidad
    • medidas que no funcionan
    • impactos negativos no previstos
    • rechazo por parte de la comunidad

    Y, en el peor de los casos, intervenciones que empeoran la situación que querían mejorar.


    Qué incluye una línea de base social

    No se trata solo de recopilar datos.
    Se trata de entender cómo vive la gente.

    Una línea de base social suele incluir:

    • condiciones de vida
    • acceso a servicios (salud, educación, transporte)
    • empleo y economía local
    • desigualdades (género, edad, territorio)
    • salud y bienestar
    • redes comunitarias
    • participación en la toma de decisiones

    Es decir, todo aquello que configura el día a día de las personas.


    La línea de base social en ESG

    Dentro del marco ESG, la dimensión social es la más difusa…
    y, a la vez, la más crítica.

    Aquí la línea de base se traduce en aspectos como:

    • condiciones laborales
    • derechos humanos
    • seguridad y salud
    • diversidad e inclusión
    • relación con comunidades
    • impacto social de productos y servicios

    Muchos ratings ESG convierten estos elementos en indicadores cuantitativos, que funcionan como una línea de base para comparar empresas y evaluar su evolución.

    Pero hay un matiz importante:

    👉 medir no es lo mismo que entender

    Y sin comprensión, el riesgo de greenwashing (o “social washing”) es muy alto.


    La línea de base social en transición justa

    En proyectos de transición ecológica o territorial, este concepto es todavía más relevante.

    Porque no todas las personas parten del mismo lugar.

    Hay territorios con:

    • menos acceso a servicios
    • economías más frágiles
    • mayor envejecimiento
    • más dependencia de ciertos sectores

    La línea de base social permite responder a una pregunta clave:

    👉 ¿este cambio reduce desigualdades… o las está aumentando?

    Sin esa referencia, es imposible hablar de transición justa.


    No es solo técnica: es una forma de mirar

    Aquí está lo importante.

    La línea de base social no es solo un requisito técnico en un informe.

    Es una forma de trabajar:

    • observar antes de actuar
    • escuchar antes de decidir
    • preguntar antes de diseñar

    Es, en el fondo, una forma de respeto.


    Y entonces… ¿por qué no se hace más?

    Porque requiere tiempo.
    Porque no siempre encaja con los ritmos de negocio.
    Porque no da resultados inmediatos.

    Pero también porque implica algo incómodo:

    👉 aceptar que no tenemos todas las respuestas desde el inicio


    Cuidar también es estrategia

    Trabajar con línea de base social no es “añadir complejidad”.

    Es evitar errores.

    Es diseñar mejor.
    Es generar impacto real.
    Es sostener en el tiempo.

    Porque si no entiendes el contexto…

    no estás haciendo estrategia.
 Estás improvisando.


    Si estás trabajando en ESG, sostenibilidad o desarrollo de proyectos, te dejo una pregunta:

    👉 ¿estás midiendo impacto… o entendiendo realmente de dónde partes?


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Tradiciones y salud mental: cuándo sostienen… y cuándo pesan (y qué podemos hacer con ello).

    Tradiciones y salud mental: cuándo sostienen… y cuándo pesan (y qué podemos hacer con ello).

    Introducción

    Hay algo curioso con las tradiciones.

    Las defendemos.
    Las repetimos.
    Las heredamos.

    Pero pocas veces nos preguntamos:

    👉 ¿Cómo impactan realmente en nuestra salud mental?

    Porque no todas las tradiciones cuidan.
    Y no todas hacen daño.

    La diferencia está en algo mucho más importante:
    cómo se viven, quién decide sobre ellas y qué lugar ocupas dentro de ellas.


    1. Tradiciones que sostienen: comunidad, identidad y regulación

    La investigación es bastante clara en algo:

    👉 Las tradiciones pueden ser profundamente protectoras.

    Especialmente cuando activan tres cosas:

    1. Sentido de pertenencia
    Rituales culturales y comunitarios (festivos, religiosos, familiares) reducen la soledad, el estrés y la ansiedad.

    2. Identidad
    Sentirse conectado con tu cultura mejora el bienestar psicológico y reduce síntomas depresivos.

    3. Apoyo social
    Las tradiciones crean red. Y la red regula.

    No es solo “hacer cosas juntos”.
    Es sentir que hay un lugar para ti.


    2. Tradiciones que pesan: cuando el cuidado se convierte en presión

    Pero aquí viene la parte incómoda:

    👉 No todas las tradiciones son neutras.

    Algunas:

    – refuerzan desigualdades
    – limitan la autonomía
    – generan culpa o exigencia
    – sostienen dinámicas que ya no funcionan

    Ejemplo claro:

    Roles de género tradicionales
    → pueden dar estructura
    → pero también generar más estrés, menos bienestar y mayor carga invisible (especialmente en mujeres)

    O prácticas que directamente vulneran derechos.

    Aquí ya no hablamos de identidad.
    Hablamos de poder.


    3. El punto clave: no es la tradición, es la relación con ella

    Las tradiciones no son “buenas” ni “malas”.

    👉 Son sistemas.

    Y como cualquier sistema, pueden:

    ✔ sostener
    ✔ o desregular

    Todo depende de:

    – si puedes elegir
    – si puedes cuestionar
    – si puedes adaptarlas
    – si te incluyen o te limitan


    4. Tradición y sostenibilidad social: una conversación pendiente

    Aquí es donde se conecta con algo que me interesa especialmente:

    👉 la sostenibilidad social

    Porque hablamos mucho de innovación, de futuro, de cambio…

    pero poco de lo que ya existe.

    Las tradiciones son parte del tejido social.
    Y ese tejido:

    – puede fortalecer comunidades
    – o puede rigidizarlas

    Si queremos construir organizaciones, territorios y culturas sostenibles,
    tenemos que ser capaces de hacer algo muy concreto:

    👉 no romper con todo… pero tampoco sostenerlo todo sin cuestionarlo


    5. Entonces, ¿qué hacemos con las tradiciones?

    No se trata de eliminarlas.
    Ni de idealizarlas.

    Se trata de:

    – entenderlas
    – revisarlas
    – adaptarlas

    Y, sobre todo, preguntarnos:

    👉 ¿Esto cuida… o solo se ha hecho siempre así?


    Cierre

    Las tradiciones no son el problema.

    El problema es cuando dejamos de mirarlas.

    Porque lo que no se revisa,
    se repite.

    Y no todo lo que se repite… sostiene.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Qué estamos llamando sostenibilidad (y por qué deberíamos revisarlo).

    Qué estamos llamando sostenibilidad (y por qué deberíamos revisarlo).

    Durante mucho tiempo, hablar de sostenibilidad parecía suficiente.

    Nombrarla ya era un avance.

    Hoy, sin embargo, tengo la sensación de que algo se ha desplazado.

    Que cuanto más se utiliza la palabra, menos claro queda lo que significa.

    Y no es un problema semántico.

    Es un problema estructural.

    Porque cuando todo puede ser sostenible…

    corremos el riesgo de que nada lo sea de verdad.


    Cuando la sostenibilidad se convierte en discurso

    En los últimos años, la sostenibilidad ha pasado de ser un marco transformador a convertirse, en muchos casos, en un lenguaje compartido.

    Está en las estrategias.

    En los informes.

    En los discursos corporativos.

    Pero no siempre está en las decisiones.

    Y ahí es donde aparece la incoherencia.

    Porque una cosa es hablar de sostenibilidad como concepto,

    y otra muy distinta es diseñar sistemas que realmente la sostengan.


    El caso de los territorios (lo que no siempre se cuenta)

    Uno de los espacios donde esta tensión se hace más visible es en los territorios rurales o despoblados.

    Zonas que, desde fuera, pueden parecer “disponibles”.

    Vacías.

    Listas para ser utilizadas.

    Pero no lo están.

    Son territorios con historia, con vínculos, con cultura, con formas de vida que no siempre entran en una hoja de Excel.

    Y, sin embargo, muchas decisiones se siguen tomando desde esa lógica:

    👉 eficiencia

    👉 optimización

    👉 escala

    Sin incorporar lo más importante:

    las personas que habitan esos territorios.


    Infraestructuras “sostenibles” que generan tensión

    Un ejemplo claro lo encontramos en la expansión de ciertas infraestructuras vinculadas a la digitalización, como los centros de datos.

    Sobre el papel, pueden encajar en estrategias de transición tecnológica o energética.

    Pero cuando se aterrizan en determinados contextos, la realidad es más compleja:

    • Consumen grandes cantidades de energía
    • Requieren un uso intensivo de agua
    • Se ubican, en muchos casos, en zonas con estrés hídrico
    • Generan pocos empleos locales en relación a su impacto

    Y, sobre todo:

    👉 compiten directamente con los recursos del territorio

    Lo que abre una pregunta incómoda:

    ¿Es sostenible algo que tensiona los sistemas de los que depende la vida local?


    El problema no es técnico (es de enfoque)

    Aquí es importante hacer una pausa.

    Esto no va de estar en contra del desarrollo, la tecnología o la transición energética.

    Va de cómo se diseñan.

    Porque el problema no es la infraestructura en sí,

    sino el marco desde el que se decide:

    • sin participación real
    • sin lectura del contexto
    • sin integrar lo social como eje estratégico

    Cuando esto ocurre, la sostenibilidad deja de ser un proceso

    y se convierte en una etiqueta.


    Sostenibilidad sin personas: el gran vacío

    Uno de los mayores riesgos que veo hoy es este:

    👉 integrar lo ambiental

    👉 integrar lo económico

    👉 y dejar lo social como consecuencia

    Como si cuidar a las personas fuera un efecto secundario.

    Pero no lo es.

    La sostenibilidad social no es el resultado de hacer bien otras cosas.

    Es una dimensión que debe estar en el diseño desde el principio.

    Porque cuando no está:

    • aparecen conflictos
    • se debilita la cohesión
    • se genera rechazo
    • se pierde legitimidad

    Y, en muchos casos, los proyectos fracasan o se sostienen a costa de los territorios.


    Entonces… ¿qué sí sería sostenible?

    No hay una única respuesta, pero sí hay algunas claves que empiezan a repetirse:

    • Escuchar antes de intervenir
    • Entender el territorio como sistema vivo, no como recurso
    • Diseñar con la comunidad, no para la comunidad
    • Evaluar impactos reales (no solo indicadores formales)
    • Priorizar la viabilidad a largo plazo sobre el beneficio inmediato

    Y, sobre todo:

    👉 asumir que la sostenibilidad no se declara, se construye


    Una invitación (más que una conclusión)

    No escribo esto desde la certeza.

    Lo escribo desde la incomodidad.

    Desde la sensación de que necesitamos revisar algunas cosas que hemos normalizado demasiado rápido.

    Porque quizá la pregunta no es:

    👉 “¿esto es sostenible?”

    Sino:

    👉 “¿para quién está siendo sostenible… y a costa de qué?”

    Y desde ahí, empezar a diseñar de otra manera.


    Cuidar también es estrategia cuando dejamos de llamar sostenibilidad a cualquier cosa.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Escuchar antes de diseñar: lo que estoy aprendiendo sobre transición justa en el territorio.

    Escuchar antes de diseñar: lo que estoy aprendiendo sobre transición justa en el territorio.

    Esta Semana Santa he vuelto al pueblo.

    Como cada año, para ver a mi familia, parar un poco y cambiar de ritmo.

    Pero esta vez había algo distinto.

    He vuelto también con una intención clara:

    mirar el territorio desde otro lugar.


    Del análisis al territorio

    Actualmente estoy trabajando en mi Trabajo de Fin de Máster sobre transición justa y resiliencia de territorios rurales, centrado en España y México.

    En el marco teórico, aparecen conceptos que ya conocemos:

    • despoblación
    • falta de diversificación económica
    • migración juvenil
    • brechas de género
    • pérdida de capital social
    • brecha digital
    • presión sobre los recursos naturales

    El análisis PESTEL ayuda a ordenar todo esto. A entender los factores políticos, económicos, sociales, tecnológicos, ecológicos y legales que atraviesan los territorios rurales.

    Pero hay algo que el análisis no puede hacer por sí solo:

    explicar cómo se vive todo esto en el día a día.


    Cambiar la pregunta

    Por eso, estos días decidí empezar por algo muy sencillo:

    preguntar.

    No desde lo técnico, sino desde lo cotidiano.

    Preguntas como:

    • ¿Cómo es un día normal aquí?
    • ¿Qué dificultades encuentras en tu día a día?
    • ¿A quién acudes cuando necesitas ayuda?
    • ¿Qué crees que falta en el pueblo?
    • ¿Qué cosas sientes que se están desaprovechando?
    • ¿Cómo te gustaría que fuera el pueblo en 10 años?

    Puede parecer básico.

    Pero no lo es.

    Porque este tipo de preguntas permite entender algo que no aparece en los indicadores:

    cómo se organiza la vida en el territorio.


    Cuando la teoría se vuelve concreta

    Las respuestas no solo aportan información.

    Aterrizan la teoría.

    Lo que en el análisis aparecía como “falta de diversificación económica” se traduce en:

    • negocios que están a punto de cerrar por falta de relevo generacional
    • dependencia de otros municipios para servicios básicos
    • consumo fuera del pueblo, incluso cuando eso debilita la economía local

    La “pérdida de capital social” se traduce en:

    • desaparición de espacios informales de encuentro
    • ocio limitado
    • menos interacción intergeneracional

    Y la “escasez de oportunidades” se traduce en algo muy concreto:

    jóvenes que no encuentran motivos para quedarse.


    Una base que sí existe

    Sin embargo, no todo es pérdida.

    Hay algo que me parece especialmente relevante:

    existe una base real de comunidad y de participación

    Cuando las decisiones afectan directamente al pueblo, aparecen espacios de diálogo, consulta y corresponsabilidad.

    Esto es importante.

    Porque significa que no partimos de cero.

    No se trata de “llevar” participación al territorio.

    Se trata de reconocerla, fortalecerla y canalizarla.


    El reto de la nostalgia

    Una de las respuestas que más se repitió cuando pregunté por el futuro fue esta:

    👉 “que el pueblo sea como antes”

    Es una respuesta profundamente humana.

    Habla de vínculo, de memoria, de identidad.

    Pero también plantea un reto importante.

    La transición justa no puede consistir en volver atrás.

    Tiene que ver con algo más complejo:

    evolucionar sin perder lo que hace que el territorio tenga sentido para quienes lo habitan.


    Gobernanza participativa: más que una metodología

    Todo esto conecta con una idea central en mi TFM:

    la gobernanza participativa.

    No como una herramienta puntual,

    sino como una forma de diseñar procesos.

    Esto implica algo muy sencillo, pero a la vez exigente:

    no diseñar para el territorio, sino con el territorio.

    Y eso requiere tiempo.

    Requiere escuchar.

    Requiere incomodarse.

    Requiere cuestionar las propias ideas.


    Un primer paso (intencionadamente pequeño)

    La muestra de estas conversaciones ha sido reducida.

    De forma consciente.

    Por un lado, porque quería respetar los tiempos de descanso y disfrute de estos días.

    Por otro, porque el objetivo no era obtener conclusiones cerradas, sino construir un primer marco.

    Un punto de partida.


    Lo que viene ahora

    Los siguientes pasos son claros:

    • volver al territorio
    • ampliar la muestra
    • incluir más perfiles (también institucionales)
    • y empezar a traducir todo esto en propuestas concretas

    Pero con una premisa que cada vez tengo más clara:

    no hay proyecto viable si no se entiende primero cómo viven las personas que lo habitan


    Cuidar también es estrategia (también en el territorio)

    Si algo me está enseñando este proceso es que la sostenibilidad no empieza en los planes.

    Empieza en las preguntas.

    En cómo miramos.

    En cómo escuchamos.

    En si somos capaces de tomar en serio lo que ya existe.


    Cuidar también es estrategia cuando dejamos de diseñar desde fuera y empezamos a construir desde dentro.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Mil gracias por leerme.

    Mil gracias por leerme.

    Hoy no quería escribir un artículo al uso.

    No quería desarrollar una idea, ni analizar una tendencia, ni ordenar un concepto.

    Hoy solo quería dar las gracias.

    Gracias a todas las personas que, en algún momento de este año, habéis pasado por este espacio.

    A quienes habéis leído una entrada entera.

    A quienes habéis llegado desde LinkedIn.

    A quienes habéis compartido un texto.

    A quienes habéis vuelto.

    Cuando empecé a escribir en Cuidar también es estrategia, no sabía muy bien qué forma iba a tomar todo esto.

    Solo sabía que necesitaba un lugar donde pensar con calma, desarrollar ideas y dar espacio a ciertas conversaciones que a veces, en otros formatos, quedan demasiado comprimidas.

    Este blog nació así: como un lugar para explorar la sostenibilidad social, la cultura organizacional, el impacto humano y todo eso que muchas veces intuimos, pero no siempre nombramos.

    Y, con el tiempo, también se ha convertido en otra cosa:

    en una forma de encontrarme con personas que están mirando en direcciones parecidas.

    Eso, sinceramente, me sigue pareciendo muy especial.

    Porque escribir tiene algo extraño: una escribe muchas veces sola, sin saber muy bien quién estará al otro lado. Y aun así, de alguna manera, se va tejiendo una conversación.

    Una conversación hecha de lecturas, de resonancias, de mensajes, de silencios compartidos y de personas que deciden quedarse.

    Por eso hoy solo quería decir esto:

    mil gracias por leerme.

    Gracias por dedicar tiempo, que es de las cosas más valiosas que tenemos, a estas palabras, a estas ideas y a este proyecto que sigue creciendo, cambiando y buscándose a sí mismo.

    Gracias por estar aquí, aunque sea de vez en cuando.

    Gracias por acompañar este proceso.

    Gracias por hacer que escribir tenga sentido.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Cuidar también es estrategia: empezar sin tenerlo claro también forma parte del proceso.

    Cuidar también es estrategia: empezar sin tenerlo claro también forma parte del proceso.

    Hace un año empecé a escribir en LinkedIn.

    Sin una estrategia definida.

    Sin un posicionamiento claro.

    Y sin saber muy bien qué iba a pasar.

    Pero había algo que sí tenía:

    una intuición.

    Una sensación de que había ciertas conversaciones que necesitaba empezar a ordenar, sobre sostenibilidad social, organizaciones y lo humano dentro del trabajo.

    Así nació Cuidar también es estrategia.

    No como una idea brillante.

    Sino como una respuesta.


    Cuando empiezas sin saber a dónde vas

    En muchos entornos profesionales se transmite que para empezar necesitas claridad:

    tener un mensaje definido, una propuesta sólida, una dirección clara.

    Sin embargo, la experiencia suele ser bastante diferente.

    Cuando empiezas a compartir, lo que aparece no es certeza.

    Es movimiento.

    Cambias de opinión.

    Ajustas lo que dices.

    Descubres nuevos temas.

    Dejas otros atrás.

    En mi caso, lo que he publicado este año ha ido cambiando mucho.

    No por falta de coherencia, sino porque mi forma de entender las organizaciones también ha ido evolucionando.


    Escribir como forma de pensar en público

    Una de las cosas más valiosas de este proceso ha sido entender que escribir en LinkedIn no es solo comunicar.

    Es pensar en público.

    Y eso implica algo importante:

    no partes de un criterio cerrado, sino que lo vas construyendo.

    A través de lo que estudias.

    De lo que vives.

    De las conversaciones que tienes.

    Y también de lo que decides compartir.

    Con el tiempo, ese proceso empieza a ordenar algo que al principio era difuso:

    👉 una forma propia de mirar las organizaciones y la sostenibilidad social.


    Lo que pasa (y no esperas)

    Si miro atrás, hay algo que todavía me sorprende.

    No tanto la visibilidad, sino las conexiones.

    Personas que aparecen.

    Conversaciones que no habrías tenido de otra manera.

    Referentes con los que acabas interactuando.

    Os juro que nunca me habría imaginado, por ejemplo, acabar siendo fans nº 1 con Julia Ayuso.

    Ni que alguien me haría una entrevista —y menos una tan bonita como la que me hizo María Urech.

    Ni que un simple post generaría respuestas de personas como Luismi Roura, Isabel Flores y otras tantas que han estado ahí.

    Y todo eso empezó simplemente… escribiendo.


    De la intuición al criterio

    Empezar sin tenerlo claro no significa quedarse en la indefinición.

    Significa darte el espacio suficiente para que la dirección aparezca.

    En mi caso, ese proceso me ha llevado a aterrizar algo que al principio solo era intuición:

    trabajar en la intersección entre psicología, sostenibilidad social y estrategia organizacional.

    Y hacerlo desde una idea que cada vez tengo más clara:

    👉 las organizaciones no son sostenibles si no pueden sostener a las personas.


    Cuidar también es estrategia (y no es un eslogan)

    Durante este año he entendido que “cuidar” en las organizaciones no tiene que ver solo con bienestar o cultura.

    Tiene que ver con algo más profundo:

    • cómo se toman las decisiones
    • qué dinámicas se normalizan
    • qué nivel de presión se considera aceptable
    • cómo se gestiona el conflicto
    • y qué impacto tiene todo eso en las personas

    Por eso digo que cuidar también es estrategia.

    Porque no es una cuestión estética.

    Es una cuestión de sostenibilidad organizacional a largo plazo.


    Por si estás en ese punto

    Si estás pensando en empezar a escribir, compartir o construir algo, pero sientes que todavía no lo tienes todo claro:

    es normal.

    Y probablemente no necesitas tenerlo todo definido para empezar.

    A veces basta con una intuición.

    Y con la decisión de escucharla.

    Porque muchas veces, lo importante no es saber exactamente a dónde vas.

    Es atreverte a empezar.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Cuidar también es estrategia: por qué el cuidado organizativo es una cuestión estructural.

    Cuidar también es estrategia: por qué el cuidado organizativo es una cuestión estructural.

    Durante mucho tiempo, hablar de cuidado dentro de las organizaciones se ha asociado a algo accesorio. Programas de bienestar, iniciativas de conciliación, acciones de clima laboral o beneficios para empleados.

    Todas estas medidas son valiosas. Pero cuando se observan de cerca muchos contextos organizativos aparece una pregunta incómoda:

    ¿qué ocurre cuando el malestar no es individual, sino estructural?

    Cada vez más profesionales de recursos humanos, sostenibilidad o liderazgo organizacional se encuentran con esta tensión. Equipos agotados, rotación creciente, conflictos latentes o una sensación de presión constante que no termina de desaparecer, aunque se introduzcan iniciativas destinadas al bienestar.

    Esto suele ocurrir porque el cuidado organizativo se está abordando desde un lugar limitado: las consecuencias humanas, pero no las dinámicas del sistema que las producen.

    Por eso cada vez tiene más sentido afirmar que cuidar también es estrategia.

    No como un eslogan, sino como una forma distinta de entender cómo funcionan las organizaciones.


    El cuidado organizativo no es solo bienestar

    Cuando se habla de cuidado en el trabajo, la conversación suele centrarse en aspectos visibles como el equilibrio entre vida personal y laboral, los beneficios sociales o las iniciativas de bienestar.

    Sin embargo, el cuidado organizativo tiene que ver con dimensiones mucho más profundas.

    Por ejemplo:

    • cómo se toman las decisiones dentro de la organización
    • cómo se distribuye el poder
    • qué comportamientos se normalizan
    • qué nivel de presión se considera aceptable
    • cómo se gestionan los conflictos o el desacuerdo

    Estas variables definen la experiencia real del trabajo mucho más que cualquier programa puntual.

    Desde esta perspectiva, el cuidado no se reduce a un conjunto de medidas.

    Tiene que ver con la arquitectura del sistema organizativo.


    Cuando las organizaciones gestionan síntomas en lugar de causas

    Una situación bastante común en muchas organizaciones es intentar resolver el malestar laboral a través de intervenciones individuales.

    Formaciones en resiliencia, sesiones de coaching, programas de mindfulness o talleres de gestión del estrés.

    Estas herramientas pueden ser útiles. Pero su impacto suele ser limitado cuando la estructura organizativa sigue generando presión, ambigüedad o inseguridad psicológica.

    En esos casos ocurre algo que cada vez se observa con más claridad: el malestar se cronifica.

    Las personas se adaptan temporalmente, pero el sistema sigue produciendo las mismas dinámicas.

    Desde el punto de vista de la sostenibilidad organizativa, esto plantea una cuestión importante.

    No se puede construir organizaciones sostenibles sin mirar su dimensión humana de forma estructural.


    La sostenibilidad social dentro del marco ESG

    Dentro del marco ESG (Environmental, Social & Governance), la dimensión social ha sido durante años la más difícil de definir.

    Mientras que los aspectos ambientales o de gobernanza cuentan con métricas relativamente consolidadas, el impacto social interno sigue siendo más difícil de medir.

    En muchos casos, la dimensión social se ha reducido a indicadores como:

    • diversidad en plantilla
    • formación
    • satisfacción laboral
    • políticas de conciliación

    Aunque todos estos aspectos son importantes, no siempre capturan lo que realmente determina la experiencia del trabajo dentro de una organización.

    Aspectos como la seguridad psicológica, la coherencia entre liderazgo y estructura, o la gestión del conflicto suelen quedar fuera de los indicadores tradicionales.

    Sin embargo, son precisamente estas variables las que determinan si una organización es capaz de sostener a las personas que trabajan en ella.


    Cuidar también es estrategia

    Desde esta perspectiva, el cuidado organizativo deja de ser una cuestión ética o cultural para convertirse también en una cuestión estratégica.

    Las organizaciones que ignoran el impacto humano de sus dinámicas internas suelen enfrentarse, tarde o temprano, a problemas que afectan directamente a su viabilidad:

    • pérdida de talento
    • baja confianza interna
    • dificultades para innovar
    • decisiones reactivas
    • deterioro de la cultura organizacional

    Por el contrario, cuando las organizaciones son capaces de observar cómo funcionan realmente sus sistemas humanos, pueden construir estructuras más estables y sostenibles en el tiempo.

    Esto no significa eliminar el conflicto o la presión —algo imposible en cualquier entorno complejo— sino diseñar sistemas que puedan sostenerlos sin romper a las personas.


    Abrir la conversación

    Cada vez más profesionales están explorando cómo abordar estas cuestiones desde distintos ámbitos: recursos humanos, sostenibilidad, liderazgo organizacional o sector público.

    El desafío no es menor. Implica repensar cómo se diseñan las estructuras organizativas y cómo se mide realmente el impacto humano del trabajo.

    Por eso una de las preguntas más relevantes hoy es esta:

    ¿Cómo están abordando las organizaciones el malestar estructural que aparece en muchos entornos de trabajo?

    En los próximos días compartiré algunas reflexiones e indicadores que pueden ayudar a observar mejor estas dinámicas.

    Porque entender lo que ocurre dentro de las organizaciones es el primer paso para transformarlas.

    Y porque, en el fondo, sigue siendo cierto:

    cuidar también es estrategia.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • La cultura organizacional no se cambia con valores: se cambia con sistemas.

    La cultura organizacional no se cambia con valores: se cambia con sistemas.

    Durante años, muchas organizaciones han intentado transformar su cultura corporativa mediante declaraciones de valores.

    Se redactan nuevos principios, se lanzan campañas internas, se organizan talleres de liderazgo o se colocan carteles en las paredes con palabras como confianzacolaboraciónbienestar o innovación.

    Sin embargo, en la práctica, muchas de esas iniciativas tienen un impacto limitado.

    ¿Por qué?

    Porque la cultura organizacional no se construye a partir de los valores declarados, sino a partir de los sistemas que regulan el funcionamiento real de la organización.

    En otras palabras: la cultura no es lo que una empresa dice que es.

    La cultura es lo que el sistema permite sostener cada día.


    Qué es realmente la cultura organizacional

    La cultura organizacional suele definirse como el conjunto de valores, normas y comportamientos compartidos dentro de una empresa.

    Pero esa definición a menudo se queda en un plano demasiado abstracto.

    En la práctica, la cultura emerge de dinámicas muy concretas:

    • cómo se toman las decisiones
    • cómo se gestionan los errores
    • qué comportamientos se premian o se penalizan
    • cómo se distribuye la carga de trabajo
    • cómo se gestionan los conflictos
    • cuánto margen real tienen las personas para actuar

    Estas dinámicas no dependen tanto de los valores escritos como de los sistemas organizativos: estructuras de poder, procesos, incentivos, métricas y formas de liderazgo.

    Por eso, cuando una empresa quiere transformar su cultura sin revisar sus sistemas, suele encontrarse con una sensación de incoherencia interna.

    Los discursos cambian, pero las dinámicas cotidianas siguen siendo las mismas.


    Los sistemas organizativos regulan el comportamiento

    Los sistemas organizativos actúan como reguladores del comportamiento colectivo.

    Por ejemplo:

    • Si una empresa declara que valora el bienestar pero premia sistemáticamente la hiperdisponibilidad, el sistema refuerza una cultura de urgencia permanente.
    • Si se habla de innovación pero los errores se penalizan, el sistema genera miedo al riesgo.
    • Si se promueve la colaboración pero las evaluaciones de desempeño son exclusivamente individuales, el sistema incentiva la competencia interna.

    En estos casos, los valores no desaparecen, pero quedan subordinados a los incentivos reales del sistema.

    La cultura, por tanto, no se impone desde arriba.

    Se regula a través de las estructuras que organizan el trabajo.


    La cultura también se experimenta en el cuerpo

    Hay un aspecto que suele quedar fuera de las conversaciones sobre cultura corporativa: su dimensión fisiológica.

    Las dinámicas organizativas no solo influyen en los comportamientos, sino también en los estados del sistema nervioso de las personas que forman parte de la organización.

    Cuando un entorno laboral se caracteriza por:

    • ambigüedad constante
    • urgencias permanentes
    • presión excesiva
    • miedo al error
    • falta de autonomía

    el sistema nervioso colectivo tiende a entrar en estados de alerta sostenida.

    En esos contextos aparecen comportamientos que muchas veces se interpretan como problemas individuales:

    • hipercontrol
    • silencio organizacional
    • evitación del conflicto
    • microconflictos frecuentes
    • dificultad para tomar decisiones
    • agotamiento emocional

    Sin embargo, estos comportamientos no son necesariamente fallos personales.

    Son respuestas adaptativas a un sistema que exige más de lo que permite sostener de manera saludable.


    Burnout: síntoma organizativo, no solo individual

    Uno de los ejemplos más claros de esta dinámica es el burnout.

    Durante mucho tiempo, el agotamiento profesional se ha abordado principalmente desde una perspectiva individual: gestión del estrés, resiliencia, mindfulness o desarrollo personal.

    Aunque estas herramientas pueden ser útiles, cada vez hay más consenso en que el burnout suele estar relacionado con factores estructurales del trabajo.

    Entre ellos:

    • cargas de trabajo desproporcionadas
    • falta de control sobre las tareas
    • incoherencia entre valores personales y organizativos
    • falta de reconocimiento
    • dinámicas de liderazgo desreguladas

    Cuando estos factores se mantienen en el tiempo, el agotamiento deja de ser una cuestión individual para convertirse en un indicador de disfunción sistémica.

    En ese sentido, el burnout no siempre es la causa del problema.

    Con frecuencia es el síntoma visible de una cultura que exige más de lo que el sistema puede sostener.


    Transformar la cultura implica transformar los sistemas

    Si la cultura emerge de los sistemas, cualquier transformación cultural requiere revisar las estructuras que organizan el trabajo.

    Algunas preguntas clave para iniciar ese proceso son:

    • ¿Qué comportamientos premian realmente nuestros sistemas de evaluación?
    • ¿Qué incentivos están reforzando las dinámicas actuales?
    • ¿Cómo se toman las decisiones dentro de la organización?
    • ¿Qué margen real tienen las personas para actuar con autonomía?
    • ¿Qué sucede cuando alguien comete un error?

    Responder a estas preguntas suele ser más complejo que redactar una nueva declaración de valores.

    Pero también es el punto donde las transformaciones culturales empiezan a volverse reales.


    Cultura organizacional y sostenibilidad social

    En el ámbito de la sostenibilidad, estas reflexiones adquieren una relevancia especial.

    La dimensión social del ESG sigue siendo, en muchos casos, la menos definida y la más difícil de medir.

    Sin embargo, los sistemas organizativos que sostienen una cultura laboral saludable son también un factor clave de sostenibilidad social.

    Una organización que aspira a ser sostenible no solo debe reducir su impacto ambiental o mejorar su gobernanza.

    También necesita crear sistemas que permitan que las personas trabajen de forma sostenible a lo largo del tiempo.


    Cuidar también es estrategia

    La cultura organizacional no cambia únicamente con discursos inspiradores.

    Cambia cuando los sistemas que estructuran el trabajo permiten que las personas colaboren, aprendan, se equivoquen y tomen decisiones con seguridad.

    En ese sentido, cuidar a las personas no es solo una cuestión ética.

    También es una cuestión estratégica.

    Porque las organizaciones solo pueden sostener en el tiempo aquello que sus sistemas permiten sostener.

    Y cuando esos sistemas se diseñan con cuidado, la cultura deja de ser un ideal abstracto para convertirse en una práctica cotidiana.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG

  • Sin sostenibilidad social real, el ESG pierde credibilidad.

    Sin sostenibilidad social real, el ESG pierde credibilidad.

    Cómo medir el impacto humano más allá del discurso

    Durante años, muchas organizaciones han entendido la sostenibilidad social como una extensión de la RSC: programas voluntarios, acciones puntuales, donaciones, voluntariado corporativo.

    Sin embargo, el impacto social no consiste en compensar efectos negativos ni en mejorar reputación de forma reactiva. Implica integrar la dimensión social en el núcleo estratégico del negocio, con una actitud proactiva y orientada a la creación de valor real.

    Ese matiz cambia todo.

    Porque cuando la sostenibilidad social no forma parte del modelo de negocio, lo que tenemos es relato.

    Y cuando forma parte del modelo de negocio, necesitamos indicadores.


    Impacto social vs. RSC: la diferencia estratégica

    La Responsabilidad Social Corporativa (RSC) tradicional ha sido, históricamente, reactiva: mitigar efectos negativos o compensar percepciones desfavorables.

    El impacto social, en cambio:

    • se integra en el core business,
    • genera valor social y económico simultáneamente,
    • exige medición,
    • y requiere mejora continua.

    Cuando esta diferencia no se entiende, aparece el riesgo más delicado: el greenwashing.

    Y sí, también existe un “greenwashing interno”: organizaciones que comunican impacto social hacia fuera mientras normalizan desgaste estructural hacia dentro.

    La sostenibilidad social no es reputación.

    Es coherencia organizativa.


    La “S” del ESG: la dimensión más difusa

    En ESG medimos con precisión emisiones, consumos, gobernanza, compliance.

    Pero la S suele quedarse en:

    • horas de formación,
    • políticas redactadas,
    • códigos éticos publicados,
    • acciones aisladas.

    El propio marco académico de impacto social insiste en algo clave: para saber si una medida es efectiva, primero hay que definir objetivos medibles, colectivos concretos y sistemas de recopilación de datos.

    Si no hay objetivo definido, no hay evaluación posible.

    Y si no hay evaluación, no hay sostenibilidad.


    ¿Qué significa medir sostenibilidad social de verdad?

    El impacto social se mide a través de indicadores cuantitativos y cualitativos.

    Los cuantitativos son necesarios:

    rotación, absentismo, promociones internas, brecha salarial, litigios laborales.

    Pero los cualitativos son imprescindibles:

    percepción de seguridad psicológica, satisfacción real, confianza en liderazgo, sentido de pertenencia.

    Los indicadores cualitativos:

    • recogen percepciones,
    • analizan contexto social y cultural,
    • permiten adaptar el proyecto,
    • y son claves para identificar áreas de mejora.

    Sin ellos, la “S” queda reducida a números que no explican nada.


    Indicadores que sí dicen algo sobre sostenibilidad social

    Si queremos que la S deje de ser decorativa, necesitamos medir aspectos estructurales.

    Algunos ejemplos estratégicos:

    1. Rotación cualitativa

    No solo cuántas personas se van, sino por qué se van.

    ¿Falta de desarrollo? ¿Desconfianza? ¿Clima tóxico?

    2. Conflicto organizativo

    Frecuencia, naturaleza y gestión de microconflictos.

    El conflicto no gestionado es un indicador de desregulación estructural.

    3. Seguridad psicológica

    ¿Se puede disentir sin represalias?

    ¿Se comparten errores sin miedo?

    4. Coherencia liderazgo-estructura

    ¿Los valores declarados coinciden con las prácticas reales?

    ¿La cultura premia la sostenibilidad o la urgencia permanente?

    5. Indicadores de sostenibilidad en el tiempo

    No basta con medir cumplimiento inmediato.

    Hay que analizar si los impactos se mantienen de forma sostenida.


    Medir no es controlar. Es ordenar.

    Uno de los errores más frecuentes es percibir el reporte ASG como una obligación normativa.

    Pero cuando se hace bien, el reporte:

    • ordena información dispersa,
    • detecta riesgos humanos antes de que escalen,
    • alinea liderazgo y cultura,
    • y facilita decisiones estratégicas.

    La medición permite algo fundamental: mejora continua.

    Cuanto más tiempo se trabaja con datos sociales reales, mejor se entiende el entorno y mayor capacidad de adaptación tiene la organización.


    La pregunta que incomoda

    Si tu organización tiene indicadores ambientales exhaustivos

    pero no sabe medir su clima interno,

    ¿es realmente sostenible?

    Si reporta impacto comunitario

    pero normaliza la hiperactivación crónica en sus equipos,

    ¿es coherente?

    Sin sostenibilidad social real, el ESG está incompleto.

    Y sin indicadores humanos trazables, la S es narrativa.


    La sostenibilidad social no es bienestar superficial.

    Es gestión del riesgo humano, resiliencia organizativa y coherencia estratégica.

    Medirla no es una amenaza.

    Es una oportunidad de liderazgo.

    Porque cuidar también es estrategia cuando la sostenibilidad empieza dentro.


    Con cuidado y con estrategia,

    Nerea Liarte

    Cuidar también es estrategia

    Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG