¿Y si el problema no fuera la despoblación? Repensando la repoblación rural desde la sostenibilidad.

Durante los últimos meses he estado trabajando junto a mis compañeros en un proyecto sobre resiliencia territorial y transición justa en entornos rurales.

Mientras revisábamos literatura académica, políticas públicas, iniciativas de desarrollo rural y experiencias de distintos territorios, me encontré pensando una y otra vez en la misma cuestión:

¿Qué significa realmente repoblar un territorio?

Porque si algo he aprendido durante este proceso es que la repoblación no consiste únicamente en conseguir que más personas vivan en un lugar.

De hecho, muchos proyectos fracasan precisamente porque parten de esa premisa.

La obsesión por los números

Cuando hablamos de despoblación solemos recurrir a indicadores demográficos:

  • Número de habitantes.
  • Edad media.
  • Natalidad.
  • Migraciones.
  • Densidad poblacional.

Todos ellos son importantes.

El problema surge cuando confundimos los síntomas con las causas.

Si un pueblo pierde población, la pregunta relevante no es únicamente cuántas personas se han marchado.

La pregunta es por qué.

¿Por qué los jóvenes se van?

¿Por qué quienes se marcharon no regresan?

¿Por qué determinadas actividades económicas desaparecen?

¿Por qué algunas personas sienten que no tienen oportunidades para desarrollar su proyecto de vida allí?

Responder a estas preguntas obliga a mirar mucho más allá de los datos demográficos.

Los territorios no son espacios vacíos

Existe una narrativa que aparece con frecuencia cuando se habla de la llamada España vaciada.

Se presentan los territorios rurales como espacios vacíos que necesitan ser llenados.

Sin embargo, los territorios no están vacíos.

Están habitados por personas, relaciones, conocimientos, historias, conflictos, identidades y formas de organización propias.

Cuando una intervención se centra exclusivamente en atraer nuevos habitantes sin comprender estas dinámicas, corre el riesgo de generar soluciones superficiales.

Porque un territorio no se fortalece únicamente incorporando población.

Se fortalece aumentando su capacidad para sostener la vida de quienes ya están allí.

La repoblación es una consecuencia, no un objetivo

Esta es probablemente una de las principales conclusiones a las que he llegado.

Los proyectos de repoblación suelen plantear la llegada de nuevas personas como el objetivo final.

Yo creo que debería ser al revés.

La llegada de población debería entenderse como una consecuencia de haber construido un territorio más habitable, más resiliente y con mayores oportunidades.

Cuando existen servicios básicos.

Cuando hay espacios de participación.

Cuando las personas sienten que pueden influir en las decisiones que afectan a su comunidad.

Cuando hay oportunidades económicas sostenibles.

Cuando las mujeres pueden participar en igualdad de condiciones.

Cuando los jóvenes encuentran perspectivas de futuro.

Cuando existe cohesión social.

Entonces la repoblación deja de ser una campaña de captación para convertirse en un resultado natural.

Gobernanza: la gran olvidada

Si hay una palabra que aparece constantemente en la literatura sobre desarrollo territorial es gobernanza.

Y, sin embargo, rara vez ocupa el centro de la conversación pública.

Muchas estrategias de desarrollo rural se diseñan desde fuera del territorio y para el territorio.

Pero pocas se construyen verdaderamente con el territorio.

La gobernanza participativa no es una cuestión burocrática.

Es la capacidad de una comunidad para organizarse, tomar decisiones colectivas, gestionar conflictos y construir consensos.

Sin ella, cualquier iniciativa corre el riesgo de desaparecer cuando terminan los fondos o cambian los responsables políticos.

La sostenibilidad social importa

En sostenibilidad solemos hablar mucho de transición energética, residuos o economía circular.

Y son temas fundamentales.

Pero existe otra pregunta que deberíamos hacernos:

¿Quién participa en esa transición?

Porque no todas las personas parten del mismo punto.

Las desigualdades de género, la sobrecarga de cuidados, las diferencias generacionales o las barreras de acceso a recursos condicionan profundamente quién puede beneficiarse de una intervención y quién queda fuera.

Por eso cualquier proyecto que aspire a transformar un territorio necesita incorporar una mirada social desde el principio.

No como un complemento.

Como una condición necesaria para que el cambio sea sostenible.

Entonces, ¿cómo debería ser un proyecto que busque repoblar de verdad?

Desde mi punto de vista, debería cumplir al menos cinco condiciones:

1. Escuchar antes de intervenir.

Comprender las necesidades, capacidades y aspiraciones del territorio.

2. Fortalecer la capacidad de decisión local.

No solo ejecutar proyectos, sino construir gobernanza.

3. Generar oportunidades sostenibles.

Más allá de subvenciones puntuales o iniciativas aisladas.

4. Incorporar la perspectiva de género y la diversidad territorial.

Reconociendo que no todas las personas viven el territorio de la misma manera.

5. Pensar en décadas, no en convocatorias.

La resiliencia territorial requiere tiempo.

Una reflexión final

Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo atraer más habitantes.

Quizá la pregunta sea cómo construir territorios donde las personas quieran quedarse.

Porque cuando un lugar ofrece oportunidades, participación, vínculos y capacidad de futuro, la repoblación deja de ser una meta perseguida artificialmente.

Y pasa a convertirse en una consecuencia natural de un territorio vivo.

Tal vez ahí empiece la verdadera transición justa.


Con cuidado y con estrategia,

Nerea Liarte

Cuidar también es estrategia

Psicóloga | Comunicación en Sostenibilidad Social & ESG